“Cuaderno de Venezuela”

2008-11-19
“Cuaderno de Venezuela”
Viernes 19 de junio: “América, América”.
Mañana me voy a Caracas; hoy he llegado de Jerez de la Frontera, hace tres días estaba en Lisboa y hace justamente un año volaba de New Orleans a New York. Mi portera dice que viajo más que una maleta. Normalmente voy a los sitios porque sí, porque no aguanto más en Madrid. Esta vez he tenido suer­te, voy a la primera Feria de Arte Iberoamericano con la Galería Sen de Madrid. He pintado catorce cua­dros de sirenas. Esta noche organi­zo una pequeña fiesta en mi estudio para despedirme de mis amigos: co­mida china, películas porno, hachís, whisky, póquer y Miles Davis. Me desmayo. La maleta ya está hecha.
20 de junio: “Doctor, ya sé que estoy paranoico, pero es que ade­más me persiguen”.
Viene mi ayudante a despertarme, si no, hubiese perdido el avión. Lle­go a Barajas con la cabeza hecha un dominó y esa especie de euforia es­túpida que te deja el alcohol al día siguiente. Allí están mis compañeros de viaje, Txomin Y Eugenia, en el mostrador de embarque. Eugenia nació en Venezuela, Txomin es la primera vez que va a América, y yo el quinto año consecutivo. A saber, y desde 1988: New York, New York. Costa Rica, México, Miami, New York y New Orleans. Esto me conce­de un cierto grado de engreimiento, como de alférez del charco, que me da seguridad. Ciertamente, en nin­gún viaje anterior he tenido ningún problema, Y he disfrutado como un cerdo en un barrizal. Esto es para mí América, un inmenso barrizal de anarquía, sol, distancias gigantes, in­genuidad, brutalidad y energía.
La verdad es que las últimas noti­cias que nos llegan de Venezuela no son muy halagüeñas. Desde el inten­to de golpe de estado de hace unos meses, todo es militares para arriba y para abajo. Esto, unido a que a Caracas se le considera la segunda ciudad más peligrosa del mundo (supongo que la primera debe ser Sarajevo), no hace presagiar de mi viaje un crucero de placer precisa­mente. Ya me imagino en pleno gol­pe, rodeado de milicos en un campo de fútbol-concentración, brutalmen­te torturado e interrogado sobre mi relación con esa pandilla de rocke­ros tatuados que hacen El canto de la tripulación.
De cualquier forma, entre la resa­ca y el horror de pasar otro verano en Madrid, casi sin darme cuenta ya estoy a miles de kilómetros de la Puerta del Sol, sobre el Atlántico, soñando con la adorable brisa del Caribe. El viaje cada vez se me hace más corto. A las cuatro de la tarde ya estamos en Maiquetia.
En cuanto paso el control de pa­saportes de España, me cambia la cara y se me pone una sonrisa de oreja a oreja; una vez pasado el con­trol del país de mi destino, ya soy un potrillo desbocado.
La sensación de pisar un conti­nente distinto, el calor, la humedad, la mezcla de razas, es difícil de olvi­dar. Cuando regresas a España, siempre te parece que aquí somos todos hermanitos, vestidos con el mismo uniforme del colegio.
En el aeropuerto nos esperan unos amigos de Eugenia que nos acercan a Caracas. Maiquetia está a 17 kiló­metros del centro, todo sembrado de ranchitos, casitas como de adobe. Cartón y hojalata que descienden por las laderas de las montañas y rodean la autopista. A medida que te vas acercando a la ciudad, van apare­ciendo edificios más modernos, has­ta que de pronto te sumerges en una especie de M-30 descomunal y ultra­moderna que se llama Caracas. Me habían advertido que no había ace­ras, Y enseguida compruebo que tampoco hay casi peatones. ¡Co­ches!, ¡camiones!, ¡autobuses!, ¡avio­nes aterrizando en el centro de la ciudad! Fiuuu … fiuu…, ¡autopistas!, ¡coches!, ¡salsa!, ¡rascacielos! Fiuuu… fiuuu… Esto es América, señores, y… El Ávila, esa tremenda sierra omni­presente, con sus casi tres mil me­tros, que acecha siempre a Caracas entre amenazadora y maternal.
Llegamos a la casa de los amigos de Eugenia. Una familia encantado­ra que vive en una zona residencial de chalecitos, rodeados por una ve­getación exuberante, en pleno centro de la ciudad, cerca del Hotel Tama­naco. Un oasis entre tanto cemento y acero. Toda la casa está llena de pinturas, plantas, antigüedades, esculturas y amistad. Aquí volveré bastantes veces en los próximos meses.
El aire se puede cortar con un cuchillo, de lo denso que es; cada vez que respiro me trago algún zancu­do, dichoso animal que Dios con­funda en las profundidades del in­fierno. Casi merecería todas estas páginas para explicar mi relación odio-odio con ellos.
Anyway; después de una cena muy elegante comentando los acon­teceres del país, Txomin y yo nos trasladamos al que será nuestro ha­bitáculo, un apartamento en una co­lina, desde donde se divisa una vista general de la ciudad muy apropiada. Duermo en un sofá de cuero negro muy cómodo, con todo Caracas a mis pies.
21 de junio: “Coches grandes, coches más grandes y más coches”.
Adoro los coches, me gustan tan­to como el fútbol y las canciones de eso llamado Perales.
En Caracas toda persona condu­ce, quien no conduce no es ni si­quiera persona, es mucho menos que un animal, no existe. Yo no con­duzco, quizá no exista, lo más pro­bable es que sea un paquete. ¡Sí, soy un paquete! No conduzco, no hablo, no digo tacos y casi no bebo. ¡Dios, qué felicidad no existir! ¡Vivir sin vi­vir en mí!
El primer día caraqueño lo dedi­camos a pasear, por supuesto en co­che, cerro arriba, cerro abajo. A comprar el periódico El Nacional -donde viene anunciada la feria de arte, ilustrada con la reproducción de dos cuadros míos de 1987— co­mer cachapas, arepas, zumos y ma­mones -especie de fruta absurda, cuya fascinación consiste en intro­ducírtela en la boca y chupar el hue­so sin masticar la carne- e ir de dis­cotecas por la noche.
La vaina comenzaba a ponerse seria, ¡sí señor! Esta gente ha nacido para bailar. Comenzamos por Le Club, sitio que, como su propio nombre indica, es muy elegante, muy fino y muy privado. En la puer­ta te reciben unos vigilantes de me­dio metro -cuanto más pequeños, más chulos y más malos-. Si no vas acompañado por alguien que conoz­can, no pasas ni de coña. Un tre­mendo cartel te aconseja depositar todas las armas de fuego en el guar­darropa; a pesar de ello, además, te cachean por si acaso. Mi única arma la llevo siempre conmigo, es parte de mí, va colgando y no está dis­puesta a dejarse manosear por nin­gún portero de discoteca, así que sin problemas.
Aquí la gente viene a bailar, su­pongo que también tomarán copas, ligarán Y mirarán, pero pasa como con el coche: el que no baila no exis­te. Desde mis famosos tangos en el Balajó de París -año 1983- y alguna rumba despendolada en el Shelter de Puerto Limón -año 1990- no he vuelto a pisar una pista de baile. Me sumerjo en un profundo sillón, con un malta en una mano -he dejado el bourbon a los más malos que yo- y un rubio en la otra. Mi mirada se mueve del culo de una a las tetas de otra, de allí a su boca, ojos, narici­llas y vuelta a empezar. Conclusión: no existo, a ver cuándo dejo de pa­gar también impuestos y me con­vierto en alma.
Lo del cacheo en la puerta venía porque, hace unos días, se habían balanceado unos por un quítame de allí esa paja, y hubo, en consecuen­cia, baleazadito. A la salida, los guar­dias del parking están atizando a uno con un spray, porque se iba sin pagar las dos horas del coche. Aquí, con los parking y los coches, no se juega.
Luego vamos al Palladium, más popular y barriobajero. “Nitche” quiere decir que va gente de color y sin corbata. Es mucho más grande que Le Club, la gente baila infinita­mente mejor y sólo se escucha salsa, merengue y algo de ¿raga? -mezcla de rap y reggae-, cuyo último éxito era: “Ponte sombrero, papi, quiére­me, haceme el amor, pero ponte sombrero, chup, chup, ponte som­brero”. Un sombrero es un condón.
Mis amigos me presentan a una auténtica caraqueña, le dicen que soy primo de Almodóvar -nos pare­cemos en el blanco de los ojos- y ella se va más contenta que unas pascuas.
De noche, Caracas sigue brillando a los pies de mi sofá, libre y majestuosa como una hembra en celo. Los mosquitos también me adoran… Mañana pasaré al contra ataque.
23 de junio: “El loro y el cuadro del loro”.
No son un loro y un cuadro, son dos loros. Ésta es toda mi teoría so­bre pintura, y así me va.
Desde antes de emprender este viaje, tenía dos nobles propósitos. Uno: comprarme un loro, y otro: con los beneficios de mi exposición, se­guir viaje hasta Veracruz, ciudad mí­tica para mí, que suena en mis oídos como un paraíso de lunas plateadas, palmeras, playas, mulatas y pintura. No pudo ser, los loros no son exportables y mis exiguos beneficios me darían para pocos kilómetros.
Hoy se inaugura esta estupenda fiesta plástica de cinco días, llamada FIA-92, a celebrar en el Gran Salón del ho­tel Caracas Hilton.
El loro lo tiene ex­puesto un galerista colombiano en el stand de enfrente al de mis cuadros. Sorpresas te da la vida.
Aprovecho la farmacia del hotel para aprovisionarme de ungüentos anti­zancudos, repelentes -sobre todo para el ser humano, para el mosqui­to son como la salsa con la que ade­reza la comilona que se pega con mi sangre-.
De todo lo expuesto sólo me gustan dos o tres cosas: un pintor mejicano, unos dominicanos muy frescos y un pintor de Cadaqués que expone con una galería de Buenos Aires. Presenta una serie de mesas como de Barceló, al óleo y con monigotillos cayéndose de grifos y echando guerras de pelotillas detrás de platos. Algún Picasso, un Miró pequeño, mucho realismo fan­tástico y atormentado, y el loro; re­sumen, a mi modesto entender, de esta feria de cuadros. Y digo cua­dros, porque las funestas instalacio­nes no han hecho aún su siniestra aparición en Caracas. Allí, un fonta­nero se sigue ocupando de arreglar tuberías.
El vernissage, como siempre, es otra cosa. El arte está en las perso­nas, está vivo, se mueve, lleva taco­nes, trajes ajustados o corbatas de seda. La mía es bastante despampanante; como nunca uso, escojo para la ocasión una con floripondios que sólo hacen juego con los floreros de la recepción. ¡Un diez! Es tan gran­de que casi me llega a la rodilla. Vuelve el hombre con corbatas, cuanto más grandes, mejor.
El acto lo auspicia la congrega­ción de Damas Salesianas, y una buena parte de las ventas irá en ayu­da de los pobres. ¿Estudió Clinton en La Salle? Lo presenta el ministro de Cultura, flanqueado por la última Miss Universo de Venezuela, gloria nacional y producto totalmente ex­portable, con un discurso altamente edificante sobre el arte y la cultura, que ni sigo, ni entiendo. Mi corbata y yo vamos bien, gracias. A cada apretón de manos, a cada “¿qué tal estás?”, respondo con un “chévere, cheveríssimo”, que queda muy apro­piado.
Han contratado una treintena de modelos -no top, más bien big, big- ­que sirven copas. Y nada, pasillo arriba, pasillo abajo, inflación arri­ba, inflación más arriba -antes, un bolívar era 60 pesetas, ahora está a 1,5-, sonrisa va, whisky viene…
A los pintores no se nos debía sa­car de casa. Yo, a diferencia de Du­champ, moriré amarrado a los pies de mi caballete. ¡Faltaría más!
El nombre de Venezuela viene de cuando llegaron los españoles. En­traron por un lago, donde había mu­chas cabañas sobre el agua e indios con piraguas, que les recordó a Venecia. Venezuela, pequeña Venecia de mis amores.
24 de junio: “Una feria no es una broma”.
Aunque tampoco debería ser un valle de lágrimas. To­do el arte alemán y todos sus imitadores nos agobian con sus lamentos. Cruces, liebres muertas, perros muertos, ejércitos de cojos famélicos pidiendo limosna, locura, prostitución e incesto, miles de judíos gaseados.
Yo siempre intenté dar un poco de alegría de vivir con mi pintura. Mis catorce sirenas de Venezuela es­tán desnudas, todas las sirenas exis­ten desnudas. ¿Se imagina alguien una sirena vestida de Chanel? Sí, pe­ro ésas son otras.
La gente vuelve la cabeza al ver mis desnudos. Son como una ofensa a su moral. Sobre todo los pechos. Según parece, la Virgen se tapaba los pechos, y en las playas una venezolana te enseñará gustosa el culo, pero el pecho… el pecho…
Muy bien, señores, la próxima edi­ción vendré con unos abstractos muy buenos y muy ricos.
En el día de hoy han matado a un amigo de la familia que nos hospeda en Caracas. Entró en su casa y sor­prendió a unos ladrones limpiándo­sela; le dieron dos tiros en el cora­zón.
El ambiente se está cargando, y esta feria no es una broma. Una vez inaugurado el pantano, sólo me res­ta cumplir con mi síndrome Gau­guin: encontrar una playa, alquilar una cabaña, pintar, bañarme, comer pescado y bailar rumbas. Dudo en­tre Los Roques o Isla Margarita. Mañana, Txomin y yo nos escaparemos de la feria e iremos a Los Ro­ques.
25 de junio: “No hay, daiquiri”.
Dedico el día a comprar material de pintura: lienzo, papel, pinceles… y música: Pedro Infante, Los Pan­chos, Beny Moré, Nitche…
Esta noche, un coleccionista cu­bano da una fiesta en su casa. Cua­dros enormes de Botero, piscinas, fuentes, camareros… “¿Qué le apete­ce tomar?” “Un daiquiri, por favor”. Consternación: “Se ha estropeado la batidora”. “Bueno, pues un whisky con hielo”.
Vuelvo a casa, tras dar ocho mil vueltas en ese monumento nacional llamado coche. Me acompaña un galerista argentino, judío, muy ma­yor, que me explica que él vende alfombras y que es muy difícil venderle un bu­rro a un americano (?).
Toda Caracas está llena de baches enormes; es como un queso gruyere. Le comento al conductor que podían aca­bar con el paro arreglando todos estos baches; me con­testa, muy ofendido, que en Venezuela no hay paro.
Me voy a dormir, si se acerca al­gún mosquito, le muerdo.
26 de junio: “Un perro con patas de pato”.
Los Roques es un parque nacio­nal que está a 40 minutos de Cara­cas en avión. Las islas están desha­bitadas, y sólo en una hay un hotel como para treinta personas. Los tu­ristas llegamos por la mañana, nos dan un paseo en barco por las islas, una clase de buceo para ver los co­rales y los pececillos de colores, una comida, un poco de salsa y vuelta a casa. Salirse del viaje organizado re­sulta casi imposible, y un pescador que te lleve y traiga en barca cuesta como un hotel de cinco estrellas. O sea, que de Gauguin, aquí, nada. Hace un calor infernal, es todo coral y arena sin vegetación. Lo habitan cuatro pescadores, muchas langostas, gaviotas y un perro cuyas patas son an­cas de pato quemadas por el sol.
De vuelta a Caracas, hay otra fiesta en casa de otro coleccionista, con todo el mundo cantando alrededor de una pianola. Mantengo una conversación abstracta,
con un pintor mejicano, sobre Vera­cruz.
28 de junio: “Soy un inútil”.
Hoy se acaba la feria. Llevo casi una semana sin pintar, esto está em­pezando a tomar mal cariz, y me siento una especie de Philippe Junot del merengue. Fiestas, comidas, ce­nas, discos. Mañana, por fin, nos iremos a Margarita. Hoy hay otra fiesta. Ya no sé qué ponerme: deci­do ir en pijama. No puedo, duermo desnudo. Me pongo una toalla y me lío la manta a la cabeza. Sudo. Me ducho. Una bruja rusa me echa las cartas: me voy a casar con una ex­tranjera que me va a abrir las puertas de un nuevo mundo. Como con­secuencia de esta apertura tendré tres hijos -dos niños y una niña— to­do me irá chévere y jamás regresaré a Madrid. Me llaman gallego, ¡a mí, que soy de Levante!
Otra chica me saca a bailar, se caen dos platos al suelo. No me pue­do soportar, soy un inútil. En peni­tencia por no pintar, decido dormir destapado para que me piquen bien los mosquitos.
29 de junio: “La perla de Venezuela”.
¡Se acabó! Se acabaron los co­ches, las corbatas y los vernissages. ­Hoy salimos para Isla Margarita, y ya puedo ser un salvaje. El Gauguin que hay en mí se emociona. En el aero­puerto nos espera un ­pequeño comité de recepción, que inclu­ye coger, guardaes­paldas y furgoneta. Nos alojamos en el Margarita Concorde, cinco estrellas, rasca­cielos y piscinas almibaradas. Gauguin me dice que esto no es.
Margarita debe ser como era Ibi­za hace 20 años. Empieza a llenarse de hoteles, resorts y mucho turista. Para mí, es un progreso mal dirigi­do. Entre Benidorm y Altea, siempre me quedaré con Altea.
Si bien todo el turismo se centra en Porlamar, empiezan a surgir grandes concentraciones hoteleras repartidas por toda la isla.
Encuentro mi pequeño paraíso en un pueblo cerca de Porlamar: Pam­patar, una aldea de pescadores que tienen pinta de pescar muy poco, pero sin una sola disco, ni pub, ni pluf. Está lo suficientemente cerca de Porlamar como para ir a tomar una copa por la noche y volver a la reserva a descansar.
3 julio: “El Mosquito”.
Si Margarita es la perla de Ve­nezuela, la perla de Margarita es El Mosquito. Un club precioso, no muy grande, a la orilla del mar, en el malecón de Porlamar, propie­dad de unos canadienses -extraña­mente, aquí todos los negocios son de canadienses o italianos-, que tiene un hermano gemelo en Los Ángeles.
Margarita es un puerto libre. Un paquete de Marlboro cuesta 40 pese­tas, el litro de gasolina, 15, y toda la ropa de marca -aunque pasada de temporada- una décima parte que en cualquier otro sitio. A mí, la ropa no me interesa nada, devoro tres ca­jetillas de cigarrillos al día, y el pre­cio de la gasolina hace de los taxis un lujo al alcance de cualquiera. O sea. Chévere. Nos dedicamos a recorrer playas en la furgoneta. Por la noche vamos al Mosquito, al Piano Blanco, una especie de barra ameri­cana con un piano blanco en el cen­tro, donde la dueña, una negra teñi­da (en Margarita las negras consu­men auténticas toneladas de agua oxigenada para ser rubias), mezcla de Alaska y Diana Ross, desgrana boleros, canciones francesas, versio­nes de My Way y joropos -canción venezolana tipo ranchera.
En los hoteles de cinco estrellas no hay mosquitos, los mata el aire acondicionado.
5 de julio: “Cha-cha-cha connection”.
Mis amigos regresan a Caracas, y yo me quedo solo. Con ellos se fue­ron el chófer y el guardaespaldas. Como el Hotel Concorde está un poco lejos de Porlamar, me cambio al Bahía, justo enfrente de la playa. Es un hotel mucho más humano, más pequeño y cae a dos pasos del Mos­quito.
Me dedico a pintar pequeñas acuarelas encima de la cama, dor­mir, mirar el Movie Channel -pelí­culas americanas en inglés, durante 24 horas- e ir a mi playa favorita, Playa el Agua, casi todos los días en taxi. Mirar chicas, bañarme y comer pescado. Cuando me quedo solo y estoy de viaje, mis conversaciones se limitan a camareros, taxistas y al­gún botones o ascensorista. De cuando en cuando, llamo a Madrid o New York, y poco más.
Resulta que llevo así varios días, cuando una tarde, a la vuelta de la playa, me cruzo frente al hotel con una cara conocida.
“¡Ely!”, le grito. Él vuelve la ca­beza y casi se muere del susto. Ely es un viejo amigo que vivió en Ma­drid y montó varios bares -King Creole, Cuatro Romas, Ambigú-. De repente, desapareció hace unos me­ses. Creo que sus antiguos socios tienen una deuda pendiente con él. Yo, rápidamente, le recuerdo que a los bares voy a tomar copas, y ja­más se me ocurriría meter las nari­ces en la contabilidad; siempre seré un cliente. Así que tendríamos la fiesta en paz. Me cuenta que se la suda lo que digan de él en Madrid, que no piensa volver y que está montando un club que se llamará Cha-cha-cha. Le prometo tomarme un whisky y bailar una rumba cuando lo abra. Vamos a cenar y nos despedimos.
Mañana vuelvo a Caracas, con la intención de recoger el material de pintura y regresar aquí. He encon­trado un bungalow en Pampatar, donde pienso pasar el resto de mi estancia en Venezuela. Adiós Vera­cruz, otra vez será.
8 de julio: “La ciudad no es para mi”.
La vuelta a la civilización es muy decepcionante. Del aeropuerto a Ca­racas, tardo dos horas. Llueve. Me trae una taxista que se zampa kilo y medio de mamones. Le miro las piernas para distraerme, y ella me mira por el retrovisor con cara de mala hostia.
Esta noche estamos invitados a cenar en casa de un galerista, para despedir a Txomin, que se vuelve mañana a Madrid.
La conversación gira en torno a la ropa de marca, María José Cantado y la música de Carreras. Yo llevo ca­ra de perro mojado y sólo abro la boca para decir que me gusta “la Música”y que José Luis Perales se puede ir a hacer puñetas.
13 de Julio: “I love country music”.
Mañana vuelvo a Margarita. Du­rante estos días me he dedicado a aprovisionarme de material, ver Ba­sic Instinct, pasear con Rosario, la chica más simpática de Caracas, y tomarme whiskys en un sitio gringo que he descubierto, que se llama Dallas.
Echo de menos las largas charlas con Txomin sobre el bien, el mal y la crisis de la institución marital. Cuídate Txomin, que en Madrid hay mucho tráfico.
18 de julio: “¿Cómo va la vaina?”
Llevo cinco días en mi bungalow de Pampatar, pinto, me baño y leo la biografía de Jackson Pollok. Cada noche doy de comer a los mosqui­tos. Aunque durmiera con mosqui­tero, daría igual, también me pican por la mañana, cuando estoy traba­jando. Ely y Tony se descojonan de mí cuando me ven. Espero no pillar la malaria. ¡Si la selva no tuviera mosquitos, no sería la selva, sería el Archy!
5 de agosto: “No existo”.
No estoy, mi vida en el bungalow transcurre monótona. Lo único que cambia es la superficie de mi pintu­ra. Lo mismo que pinto aquí, lo po­dría pintar en la calle Mayor, salvo que aquí no tengo teléfono y no me pueden invitar a fiestas, y que cuan­do salgo a la calle, en vez de encon­trarme en la Puerta del Sol, me en­cuentro en el mar Caribe. ¡Pura vi­da!
De cuando en cuando, bajo al Mosquito por la noche, a ver a un par de negritas que me gustan. Ely dice que son putas y que si les das algo de dinero y les compras ropa, te hacen maravillas.
No me interesa. El romanticismo que cuelga entre mis piernas, no me llega hasta la billetera.
10 de agosto: “Del Mosquito al chinche”.
Quiero volver para la verbena de la Paloma. Es una fecha ideal para estar en Madrid, no hay casi nadie y los coches no vuelven hasta sep­tiembre.
El otro día inauguraron el Cha-cha-cha. Ya no puedo más con el merengue y la salsa. Pensaba que aquí pondrían algo diferente: mambos, Camarón. Los Manolos, Los Rollings… Cuando vuelva a Madrid, voy a estar semanas oyen­do todos mis discos de Duke Ellington.
Me despierto cada mañana hecho un cristo. Toni, el encargado del Cha-cha-cha, que lleva aquí cuatro años, insinúa que quizá sean chin­ches. Compro el insecticida más bestia del mercado: Black Flag, una animalada. Embadurno por comple­to el colchón y dejo pasar las seis horas reglamentarias, antes de sumergirme otra vez en él. Por la mañana me despierto a punto de morir intoxicado. Pago el bungalow y le digo al encargado que desinfecte el chiringuito.
13 de agosto: “Sin souvenirs”.
Otra vez en Caracas. Como estoy paranoico, y además me persiguen los insectos, me meto en el hotel Ta­manaco para que me limpien la ro­pa y maten los huevecillos que hayan podido dejarme de souvenir los del bungalow.
Voy con Rosario a ver La bella y la bestia.
Eugenia ha estado todo este tiem­po viajando por Venezuela: El Salto del Ángel, Ciudad Bolívar, Aruba… Una amiga suya, que ha llegado ha­ce unas semanas de Madrid, está en carne viva por las picaduras.
15 de agosto: “Artist come home”.
Mañana estaré en la Ribera de Curtidores. Dejo parte de mi trabajo de Pampatar en una galería de Cara­cas, y sé que algo de mí se queda en Venezuela. He hecho un montón de buenos amigos, y siempre que salgo del mar acabo derramando unas la­grimillas… saladas.