
2008-11-19
“Cuaderno de Venezuela”
Viernes 19 de junio: “América, América”.
Mañana me voy a Caracas; hoy he llegado de Jerez de la Frontera, hace tres días estaba en Lisboa y hace justamente un año volaba de New Orleans a New York. Mi portera dice que viajo más que una maleta. Normalmente voy a los sitios porque sí, porque no aguanto más en Madrid. Esta vez he tenido suerte, voy a la primera Feria de Arte Iberoamericano con la Galería Sen de Madrid. He pintado catorce cuadros de sirenas. Esta noche organizo una pequeña fiesta en mi estudio para despedirme de mis amigos: comida china, películas porno, hachís, whisky, póquer y Miles Davis. Me desmayo. La maleta ya está hecha.
20 de junio: “Doctor, ya sé que estoy paranoico, pero es que además me persiguen”.
Viene mi ayudante a despertarme, si no, hubiese perdido el avión. Llego a Barajas con la cabeza hecha un dominó y esa especie de euforia estúpida que te deja el alcohol al día siguiente. Allí están mis compañeros de viaje, Txomin Y Eugenia, en el mostrador de embarque. Eugenia nació en Venezuela, Txomin es la primera vez que va a América, y yo el quinto año consecutivo. A saber, y desde 1988: New York, New York. Costa Rica, México, Miami, New York y New Orleans. Esto me concede un cierto grado de engreimiento, como de alférez del charco, que me da seguridad. Ciertamente, en ningún viaje anterior he tenido ningún problema, Y he disfrutado como un cerdo en un barrizal. Esto es para mí América, un inmenso barrizal de anarquía, sol, distancias gigantes, ingenuidad, brutalidad y energía.
La verdad es que las últimas noticias que nos llegan de Venezuela no son muy halagüeñas. Desde el intento de golpe de estado de hace unos meses, todo es militares para arriba y para abajo. Esto, unido a que a Caracas se le considera la segunda ciudad más peligrosa del mundo (supongo que la primera debe ser Sarajevo), no hace presagiar de mi viaje un crucero de placer precisamente. Ya me imagino en pleno golpe, rodeado de milicos en un campo de fútbol-concentración, brutalmente torturado e interrogado sobre mi relación con esa pandilla de rockeros tatuados que hacen El canto de la tripulación.
De cualquier forma, entre la resaca y el horror de pasar otro verano en Madrid, casi sin darme cuenta ya estoy a miles de kilómetros de la Puerta del Sol, sobre el Atlántico, soñando con la adorable brisa del Caribe. El viaje cada vez se me hace más corto. A las cuatro de la tarde ya estamos en Maiquetia.
En cuanto paso el control de pasaportes de España, me cambia la cara y se me pone una sonrisa de oreja a oreja; una vez pasado el control del país de mi destino, ya soy un potrillo desbocado.
La sensación de pisar un continente distinto, el calor, la humedad, la mezcla de razas, es difícil de olvidar. Cuando regresas a España, siempre te parece que aquí somos todos hermanitos, vestidos con el mismo uniforme del colegio.
En el aeropuerto nos esperan unos amigos de Eugenia que nos acercan a Caracas. Maiquetia está a 17 kilómetros del centro, todo sembrado de ranchitos, casitas como de adobe. Cartón y hojalata que descienden por las laderas de las montañas y rodean la autopista. A medida que te vas acercando a la ciudad, van apareciendo edificios más modernos, hasta que de pronto te sumerges en una especie de M-30 descomunal y ultramoderna que se llama Caracas. Me habían advertido que no había aceras, Y enseguida compruebo que tampoco hay casi peatones. ¡Coches!, ¡camiones!, ¡autobuses!, ¡aviones aterrizando en el centro de la ciudad! Fiuuu … fiuu…, ¡autopistas!, ¡coches!, ¡salsa!, ¡rascacielos! Fiuuu… fiuuu… Esto es América, señores, y… El Ávila, esa tremenda sierra omnipresente, con sus casi tres mil metros, que acecha siempre a Caracas entre amenazadora y maternal.
Llegamos a la casa de los amigos de Eugenia. Una familia encantadora que vive en una zona residencial de chalecitos, rodeados por una vegetación exuberante, en pleno centro de la ciudad, cerca del Hotel Tamanaco. Un oasis entre tanto cemento y acero. Toda la casa está llena de pinturas, plantas, antigüedades, esculturas y amistad. Aquí volveré bastantes veces en los próximos meses.
El aire se puede cortar con un cuchillo, de lo denso que es; cada vez que respiro me trago algún zancudo, dichoso animal que Dios confunda en las profundidades del infierno. Casi merecería todas estas páginas para explicar mi relación odio-odio con ellos.
Anyway; después de una cena muy elegante comentando los aconteceres del país, Txomin y yo nos trasladamos al que será nuestro habitáculo, un apartamento en una colina, desde donde se divisa una vista general de la ciudad muy apropiada. Duermo en un sofá de cuero negro muy cómodo, con todo Caracas a mis pies.
21 de junio: “Coches grandes, coches más grandes y más coches”.
Adoro los coches, me gustan tanto como el fútbol y las canciones de eso llamado Perales.
En Caracas toda persona conduce, quien no conduce no es ni siquiera persona, es mucho menos que un animal, no existe. Yo no conduzco, quizá no exista, lo más probable es que sea un paquete. ¡Sí, soy un paquete! No conduzco, no hablo, no digo tacos y casi no bebo. ¡Dios, qué felicidad no existir! ¡Vivir sin vivir en mí!
El primer día caraqueño lo dedicamos a pasear, por supuesto en coche, cerro arriba, cerro abajo. A comprar el periódico El Nacional -donde viene anunciada la feria de arte, ilustrada con la reproducción de dos cuadros míos de 1987— comer cachapas, arepas, zumos y mamones -especie de fruta absurda, cuya fascinación consiste en introducírtela en la boca y chupar el hueso sin masticar la carne- e ir de discotecas por la noche.
La vaina comenzaba a ponerse seria, ¡sí señor! Esta gente ha nacido para bailar. Comenzamos por Le Club, sitio que, como su propio nombre indica, es muy elegante, muy fino y muy privado. En la puerta te reciben unos vigilantes de medio metro -cuanto más pequeños, más chulos y más malos-. Si no vas acompañado por alguien que conozcan, no pasas ni de coña. Un tremendo cartel te aconseja depositar todas las armas de fuego en el guardarropa; a pesar de ello, además, te cachean por si acaso. Mi única arma la llevo siempre conmigo, es parte de mí, va colgando y no está dispuesta a dejarse manosear por ningún portero de discoteca, así que sin problemas.
Aquí la gente viene a bailar, supongo que también tomarán copas, ligarán Y mirarán, pero pasa como con el coche: el que no baila no existe. Desde mis famosos tangos en el Balajó de París -año 1983- y alguna rumba despendolada en el Shelter de Puerto Limón -año 1990- no he vuelto a pisar una pista de baile. Me sumerjo en un profundo sillón, con un malta en una mano -he dejado el bourbon a los más malos que yo- y un rubio en la otra. Mi mirada se mueve del culo de una a las tetas de otra, de allí a su boca, ojos, naricillas y vuelta a empezar. Conclusión: no existo, a ver cuándo dejo de pagar también impuestos y me convierto en alma.
Lo del cacheo en la puerta venía porque, hace unos días, se habían balanceado unos por un quítame de allí esa paja, y hubo, en consecuencia, baleazadito. A la salida, los guardias del parking están atizando a uno con un spray, porque se iba sin pagar las dos horas del coche. Aquí, con los parking y los coches, no se juega.
Luego vamos al Palladium, más popular y barriobajero. “Nitche” quiere decir que va gente de color y sin corbata. Es mucho más grande que Le Club, la gente baila infinitamente mejor y sólo se escucha salsa, merengue y algo de ¿raga? -mezcla de rap y reggae-, cuyo último éxito era: “Ponte sombrero, papi, quiéreme, haceme el amor, pero ponte sombrero, chup, chup, ponte sombrero”. Un sombrero es un condón.
Mis amigos me presentan a una auténtica caraqueña, le dicen que soy primo de Almodóvar -nos parecemos en el blanco de los ojos- y ella se va más contenta que unas pascuas.
De noche, Caracas sigue brillando a los pies de mi sofá, libre y majestuosa como una hembra en celo. Los mosquitos también me adoran… Mañana pasaré al contra ataque.
23 de junio: “El loro y el cuadro del loro”.
No son un loro y un cuadro, son dos loros. Ésta es toda mi teoría sobre pintura, y así me va.
Desde antes de emprender este viaje, tenía dos nobles propósitos. Uno: comprarme un loro, y otro: con los beneficios de mi exposición, seguir viaje hasta Veracruz, ciudad mítica para mí, que suena en mis oídos como un paraíso de lunas plateadas, palmeras, playas, mulatas y pintura. No pudo ser, los loros no son exportables y mis exiguos beneficios me darían para pocos kilómetros.
Hoy se inaugura esta estupenda fiesta plástica de cinco días, llamada FIA-92, a celebrar en el Gran Salón del hotel Caracas Hilton.
El loro lo tiene expuesto un galerista colombiano en el stand de enfrente al de mis cuadros. Sorpresas te da la vida.
Aprovecho la farmacia del hotel para aprovisionarme de ungüentos antizancudos, repelentes -sobre todo para el ser humano, para el mosquito son como la salsa con la que adereza la comilona que se pega con mi sangre-.
De todo lo expuesto sólo me gustan dos o tres cosas: un pintor mejicano, unos dominicanos muy frescos y un pintor de Cadaqués que expone con una galería de Buenos Aires. Presenta una serie de mesas como de Barceló, al óleo y con monigotillos cayéndose de grifos y echando guerras de pelotillas detrás de platos. Algún Picasso, un Miró pequeño, mucho realismo fantástico y atormentado, y el loro; resumen, a mi modesto entender, de esta feria de cuadros. Y digo cuadros, porque las funestas instalaciones no han hecho aún su siniestra aparición en Caracas. Allí, un fontanero se sigue ocupando de arreglar tuberías.
El vernissage, como siempre, es otra cosa. El arte está en las personas, está vivo, se mueve, lleva tacones, trajes ajustados o corbatas de seda. La mía es bastante despampanante; como nunca uso, escojo para la ocasión una con floripondios que sólo hacen juego con los floreros de la recepción. ¡Un diez! Es tan grande que casi me llega a la rodilla. Vuelve el hombre con corbatas, cuanto más grandes, mejor.
El acto lo auspicia la congregación de Damas Salesianas, y una buena parte de las ventas irá en ayuda de los pobres. ¿Estudió Clinton en La Salle? Lo presenta el ministro de Cultura, flanqueado por la última Miss Universo de Venezuela, gloria nacional y producto totalmente exportable, con un discurso altamente edificante sobre el arte y la cultura, que ni sigo, ni entiendo. Mi corbata y yo vamos bien, gracias. A cada apretón de manos, a cada “¿qué tal estás?”, respondo con un “chévere, cheveríssimo”, que queda muy apropiado.
Han contratado una treintena de modelos -no top, más bien big, big- que sirven copas. Y nada, pasillo arriba, pasillo abajo, inflación arriba, inflación más arriba -antes, un bolívar era 60 pesetas, ahora está a 1,5-, sonrisa va, whisky viene…
A los pintores no se nos debía sacar de casa. Yo, a diferencia de Duchamp, moriré amarrado a los pies de mi caballete. ¡Faltaría más!
El nombre de Venezuela viene de cuando llegaron los españoles. Entraron por un lago, donde había muchas cabañas sobre el agua e indios con piraguas, que les recordó a Venecia. Venezuela, pequeña Venecia de mis amores.
24 de junio: “Una feria no es una broma”.
Aunque tampoco debería ser un valle de lágrimas. Todo el arte alemán y todos sus imitadores nos agobian con sus lamentos. Cruces, liebres muertas, perros muertos, ejércitos de cojos famélicos pidiendo limosna, locura, prostitución e incesto, miles de judíos gaseados.
Yo siempre intenté dar un poco de alegría de vivir con mi pintura. Mis catorce sirenas de Venezuela están desnudas, todas las sirenas existen desnudas. ¿Se imagina alguien una sirena vestida de Chanel? Sí, pero ésas son otras.
La gente vuelve la cabeza al ver mis desnudos. Son como una ofensa a su moral. Sobre todo los pechos. Según parece, la Virgen se tapaba los pechos, y en las playas una venezolana te enseñará gustosa el culo, pero el pecho… el pecho…
Muy bien, señores, la próxima edición vendré con unos abstractos muy buenos y muy ricos.
En el día de hoy han matado a un amigo de la familia que nos hospeda en Caracas. Entró en su casa y sorprendió a unos ladrones limpiándosela; le dieron dos tiros en el corazón.
El ambiente se está cargando, y esta feria no es una broma. Una vez inaugurado el pantano, sólo me resta cumplir con mi síndrome Gauguin: encontrar una playa, alquilar una cabaña, pintar, bañarme, comer pescado y bailar rumbas. Dudo entre Los Roques o Isla Margarita. Mañana, Txomin y yo nos escaparemos de la feria e iremos a Los Roques.
25 de junio: “No hay, daiquiri”.
Dedico el día a comprar material de pintura: lienzo, papel, pinceles… y música: Pedro Infante, Los Panchos, Beny Moré, Nitche…
Esta noche, un coleccionista cubano da una fiesta en su casa. Cuadros enormes de Botero, piscinas, fuentes, camareros… “¿Qué le apetece tomar?” “Un daiquiri, por favor”. Consternación: “Se ha estropeado la batidora”. “Bueno, pues un whisky con hielo”.
Vuelvo a casa, tras dar ocho mil vueltas en ese monumento nacional llamado coche. Me acompaña un galerista argentino, judío, muy mayor, que me explica que él vende alfombras y que es muy difícil venderle un burro a un americano (?).
Toda Caracas está llena de baches enormes; es como un queso gruyere. Le comento al conductor que podían acabar con el paro arreglando todos estos baches; me contesta, muy ofendido, que en Venezuela no hay paro.
Me voy a dormir, si se acerca algún mosquito, le muerdo.
26 de junio: “Un perro con patas de pato”.
Los Roques es un parque nacional que está a 40 minutos de Caracas en avión. Las islas están deshabitadas, y sólo en una hay un hotel como para treinta personas. Los turistas llegamos por la mañana, nos dan un paseo en barco por las islas, una clase de buceo para ver los corales y los pececillos de colores, una comida, un poco de salsa y vuelta a casa. Salirse del viaje organizado resulta casi imposible, y un pescador que te lleve y traiga en barca cuesta como un hotel de cinco estrellas. O sea, que de Gauguin, aquí, nada. Hace un calor infernal, es todo coral y arena sin vegetación. Lo habitan cuatro pescadores, muchas langostas, gaviotas y un perro cuyas patas son ancas de pato quemadas por el sol.
De vuelta a Caracas, hay otra fiesta en casa de otro coleccionista, con todo el mundo cantando alrededor de una pianola. Mantengo una conversación abstracta,
con un pintor mejicano, sobre Veracruz.
28 de junio: “Soy un inútil”.
Hoy se acaba la feria. Llevo casi una semana sin pintar, esto está empezando a tomar mal cariz, y me siento una especie de Philippe Junot del merengue. Fiestas, comidas, cenas, discos. Mañana, por fin, nos iremos a Margarita. Hoy hay otra fiesta. Ya no sé qué ponerme: decido ir en pijama. No puedo, duermo desnudo. Me pongo una toalla y me lío la manta a la cabeza. Sudo. Me ducho. Una bruja rusa me echa las cartas: me voy a casar con una extranjera que me va a abrir las puertas de un nuevo mundo. Como consecuencia de esta apertura tendré tres hijos -dos niños y una niña— todo me irá chévere y jamás regresaré a Madrid. Me llaman gallego, ¡a mí, que soy de Levante!
Otra chica me saca a bailar, se caen dos platos al suelo. No me puedo soportar, soy un inútil. En penitencia por no pintar, decido dormir destapado para que me piquen bien los mosquitos.
29 de junio: “La perla de Venezuela”.
¡Se acabó! Se acabaron los coches, las corbatas y los vernissages. Hoy salimos para Isla Margarita, y ya puedo ser un salvaje. El Gauguin que hay en mí se emociona. En el aeropuerto nos espera un pequeño comité de recepción, que incluye coger, guardaespaldas y furgoneta. Nos alojamos en el Margarita Concorde, cinco estrellas, rascacielos y piscinas almibaradas. Gauguin me dice que esto no es.
Margarita debe ser como era Ibiza hace 20 años. Empieza a llenarse de hoteles, resorts y mucho turista. Para mí, es un progreso mal dirigido. Entre Benidorm y Altea, siempre me quedaré con Altea.
Si bien todo el turismo se centra en Porlamar, empiezan a surgir grandes concentraciones hoteleras repartidas por toda la isla.
Encuentro mi pequeño paraíso en un pueblo cerca de Porlamar: Pampatar, una aldea de pescadores que tienen pinta de pescar muy poco, pero sin una sola disco, ni pub, ni pluf. Está lo suficientemente cerca de Porlamar como para ir a tomar una copa por la noche y volver a la reserva a descansar.
3 julio: “El Mosquito”.
Si Margarita es la perla de Venezuela, la perla de Margarita es El Mosquito. Un club precioso, no muy grande, a la orilla del mar, en el malecón de Porlamar, propiedad de unos canadienses -extrañamente, aquí todos los negocios son de canadienses o italianos-, que tiene un hermano gemelo en Los Ángeles.
Margarita es un puerto libre. Un paquete de Marlboro cuesta 40 pesetas, el litro de gasolina, 15, y toda la ropa de marca -aunque pasada de temporada- una décima parte que en cualquier otro sitio. A mí, la ropa no me interesa nada, devoro tres cajetillas de cigarrillos al día, y el precio de la gasolina hace de los taxis un lujo al alcance de cualquiera. O sea. Chévere. Nos dedicamos a recorrer playas en la furgoneta. Por la noche vamos al Mosquito, al Piano Blanco, una especie de barra americana con un piano blanco en el centro, donde la dueña, una negra teñida (en Margarita las negras consumen auténticas toneladas de agua oxigenada para ser rubias), mezcla de Alaska y Diana Ross, desgrana boleros, canciones francesas, versiones de My Way y joropos -canción venezolana tipo ranchera.
En los hoteles de cinco estrellas no hay mosquitos, los mata el aire acondicionado.
5 de julio: “Cha-cha-cha connection”.
Mis amigos regresan a Caracas, y yo me quedo solo. Con ellos se fueron el chófer y el guardaespaldas. Como el Hotel Concorde está un poco lejos de Porlamar, me cambio al Bahía, justo enfrente de la playa. Es un hotel mucho más humano, más pequeño y cae a dos pasos del Mosquito.
Me dedico a pintar pequeñas acuarelas encima de la cama, dormir, mirar el Movie Channel -películas americanas en inglés, durante 24 horas- e ir a mi playa favorita, Playa el Agua, casi todos los días en taxi. Mirar chicas, bañarme y comer pescado. Cuando me quedo solo y estoy de viaje, mis conversaciones se limitan a camareros, taxistas y algún botones o ascensorista. De cuando en cuando, llamo a Madrid o New York, y poco más.
Resulta que llevo así varios días, cuando una tarde, a la vuelta de la playa, me cruzo frente al hotel con una cara conocida.
“¡Ely!”, le grito. Él vuelve la cabeza y casi se muere del susto. Ely es un viejo amigo que vivió en Madrid y montó varios bares -King Creole, Cuatro Romas, Ambigú-. De repente, desapareció hace unos meses. Creo que sus antiguos socios tienen una deuda pendiente con él. Yo, rápidamente, le recuerdo que a los bares voy a tomar copas, y jamás se me ocurriría meter las narices en la contabilidad; siempre seré un cliente. Así que tendríamos la fiesta en paz. Me cuenta que se la suda lo que digan de él en Madrid, que no piensa volver y que está montando un club que se llamará Cha-cha-cha. Le prometo tomarme un whisky y bailar una rumba cuando lo abra. Vamos a cenar y nos despedimos.
Mañana vuelvo a Caracas, con la intención de recoger el material de pintura y regresar aquí. He encontrado un bungalow en Pampatar, donde pienso pasar el resto de mi estancia en Venezuela. Adiós Veracruz, otra vez será.
8 de julio: “La ciudad no es para mi”.
La vuelta a la civilización es muy decepcionante. Del aeropuerto a Caracas, tardo dos horas. Llueve. Me trae una taxista que se zampa kilo y medio de mamones. Le miro las piernas para distraerme, y ella me mira por el retrovisor con cara de mala hostia.
Esta noche estamos invitados a cenar en casa de un galerista, para despedir a Txomin, que se vuelve mañana a Madrid.
La conversación gira en torno a la ropa de marca, María José Cantado y la música de Carreras. Yo llevo cara de perro mojado y sólo abro la boca para decir que me gusta “la Música”y que José Luis Perales se puede ir a hacer puñetas.
13 de Julio: “I love country music”.
Mañana vuelvo a Margarita. Durante estos días me he dedicado a aprovisionarme de material, ver Basic Instinct, pasear con Rosario, la chica más simpática de Caracas, y tomarme whiskys en un sitio gringo que he descubierto, que se llama Dallas.
Echo de menos las largas charlas con Txomin sobre el bien, el mal y la crisis de la institución marital. Cuídate Txomin, que en Madrid hay mucho tráfico.
18 de julio: “¿Cómo va la vaina?”
Llevo cinco días en mi bungalow de Pampatar, pinto, me baño y leo la biografía de Jackson Pollok. Cada noche doy de comer a los mosquitos. Aunque durmiera con mosquitero, daría igual, también me pican por la mañana, cuando estoy trabajando. Ely y Tony se descojonan de mí cuando me ven. Espero no pillar la malaria. ¡Si la selva no tuviera mosquitos, no sería la selva, sería el Archy!
5 de agosto: “No existo”.
No estoy, mi vida en el bungalow transcurre monótona. Lo único que cambia es la superficie de mi pintura. Lo mismo que pinto aquí, lo podría pintar en la calle Mayor, salvo que aquí no tengo teléfono y no me pueden invitar a fiestas, y que cuando salgo a la calle, en vez de encontrarme en la Puerta del Sol, me encuentro en el mar Caribe. ¡Pura vida!
De cuando en cuando, bajo al Mosquito por la noche, a ver a un par de negritas que me gustan. Ely dice que son putas y que si les das algo de dinero y les compras ropa, te hacen maravillas.
No me interesa. El romanticismo que cuelga entre mis piernas, no me llega hasta la billetera.
10 de agosto: “Del Mosquito al chinche”.
Quiero volver para la verbena de la Paloma. Es una fecha ideal para estar en Madrid, no hay casi nadie y los coches no vuelven hasta septiembre.
El otro día inauguraron el Cha-cha-cha. Ya no puedo más con el merengue y la salsa. Pensaba que aquí pondrían algo diferente: mambos, Camarón. Los Manolos, Los Rollings… Cuando vuelva a Madrid, voy a estar semanas oyendo todos mis discos de Duke Ellington.
Me despierto cada mañana hecho un cristo. Toni, el encargado del Cha-cha-cha, que lleva aquí cuatro años, insinúa que quizá sean chinches. Compro el insecticida más bestia del mercado: Black Flag, una animalada. Embadurno por completo el colchón y dejo pasar las seis horas reglamentarias, antes de sumergirme otra vez en él. Por la mañana me despierto a punto de morir intoxicado. Pago el bungalow y le digo al encargado que desinfecte el chiringuito.
13 de agosto: “Sin souvenirs”.
Otra vez en Caracas. Como estoy paranoico, y además me persiguen los insectos, me meto en el hotel Tamanaco para que me limpien la ropa y maten los huevecillos que hayan podido dejarme de souvenir los del bungalow.
Voy con Rosario a ver La bella y la bestia.
Eugenia ha estado todo este tiempo viajando por Venezuela: El Salto del Ángel, Ciudad Bolívar, Aruba… Una amiga suya, que ha llegado hace unas semanas de Madrid, está en carne viva por las picaduras.
15 de agosto: “Artist come home”.
Mañana estaré en la Ribera de Curtidores. Dejo parte de mi trabajo de Pampatar en una galería de Caracas, y sé que algo de mí se queda en Venezuela. He hecho un montón de buenos amigos, y siempre que salgo del mar acabo derramando unas lagrimillas… saladas.