Ceesepe, la escenificación apasionada

1995-06-00
Pocos trazos tan reconocibles como los de Ceesepe. Tan caracteríticos como su voz, afilados y sensuales ambos. Quién fuera un día una de las figuras más representativas de la “movida madrileña”, adolescente genial y caprichoso, tiene hoy a su espalda una carrera pictórica rica y compleja. Lo que se nos muestra en las salas de “Taller 28” – un lugar que por sí solo bien valdría la visita – es una colección amplia del Ceesepe grabador, entre 1989 y el día de hoy. Son piezas espléndidas, de mediano formato, atareadas en fijar el nuevo revuelto, idéntico, superpoblado, característico del autor. Como siempre, preferencia por la figura humana y las de contundentes señoritas. Como siempre, también, barcos, ciudades, bares, toreros, marineros y prestidigitadores. Y esos elementos que son en cada composición como el acento con que se tiñen las frases: saxofones flotantes, tipas ramonianas, tridentes. El mundo de los años veinte y treinta parece estar disuelto en muchos de estos cuadros. Tal vez la referencia de época es inevitable. Porque el mundo de Ceesepe, a caballo entre la canalla y el arte, tiene pocas referencias visuales contemporáneas. Hoy en día los artistas se mueven entre ministros y banqueros, son oscuros administrativos o brillantes profesores. No existe apenas ya bohemia, y el circo más cercano se anuncia en los titulares de prensa. De ahí la necesidad de Ceesepe, o el tic del espectador, que sitúa estas escenas apasionadas, en las que brillan lágrimas, barajas y puñales, cincuenta años atrás.
Dos obras aparecen netamente distintas de la demás, y a lo mejor señalan hacia donde se dirige el autor: “Filosofía parda” y “Los Miró van al museo”. Por lo demás, la exposición muestra cómo el grabado no tiene por qué ser una técnica obligatoriamente historicista.