El frenesí romántico de Ceesepe

1982-08-00
Coronando el estimulante programa de exposiciones veraniegas en el Palacio de la Magdalena, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo ha presentado una muestra del joven artista madrileño Ceesepe. Para los que siguen con atención las evoluciones del arte último, el nombre de este dibujante e ilustrador, ya suficientemente acreditado, no constituye ningun descubrimiento; pero sí lo es, quizá, como puede apreciarse en la exposición que comentamos, el que ahora Ceesepe combine el uso del lápiz y la pluma con el de los pinceles. Para mí, por lo menos, ha sido una sorpresa esta nueva faceta de Ceesepe, pintor de acrílico, faceta que transforma cualitativamente, ampliándola y complicándola, su trayectoria artística anterior.
En realidad, desde sus muy tempranos orígenes como dibujante del comic underground, la ambición artística de Ceesepe no ha dejado de crecer, rompiendo sucesivamente límites preestablecidos. Dada, por ejemplo, su formación de autodidacta, amparada en los limitados círculos marginales de cierta cultura urbana para adolescentes, ya es un éxito que su obra haya conseguido transcender la moda generacional en la que se había nutrido su inspiración, como lo ha sido su progresiva maestría técnica dominando medios expresivos cada vez más complejos o, en fin, la sedimentación de su fantasía personalísima. De hecho, hasta en este último aspecto de su capacidad creadora, que podía vincularse más estrictamente a la moda de circunstancias, Ceesepe demostró ser siempre de una originalidad sorprendente.
Es cierto que cada nueva generación desencadena una dinámica de gestos e imagénes enigmáticos, tanto más fascinantes en cuanto parecen irreductibles. Con todo, si esta parafernalia pintoresca se queda en la mera ilustración testimonial, el interés que suscita será sociológico y no artístico. Quiero decir que hay que trabajar con sensibilidad, inteligencia y buena mano todo ese caudal de imágenes percibidas si, a partir de ellas, se quiere construir una obra. Por eso, en el caso de Ceesepe, más que los personajes y ámbitos que protagonizan sus historias, me han interesado la geometría y el ritmo de sus tramas lineales, las filigranas con que configura las narraciones por él soñadas.
La línea en Ceesepe, el caudal de su energía creadora, tiene dos desarrolos. Por una parte, expresa el flujo nervioso de la mano que puede seguir la cadencia rítmica de ondulaciones sensuales o el trazo rectilíneo más vibrante, afilado, agresivo. Por otra parte, la línea se muestra como una construcción maníaca de entramados infinitos, como una auténtica tela de araña. En definitiva: una topografía lineal saturada de tensiones y horror vacui.
Pero si ya el modo de agarrar el lápiz está cargado de empatía, comprenderán enseguida que la figuración resultante es un bosque de símbolos. Con la pasión exacerbada de un onanísta, Ceesepe nos arroja ciertamente en medio de un verdadero torbellino de símbolos brutalmente directos, que repiten de manera obsesiva las múltiples variantes de elementos punzantes y hendiduras. Todo ello, además,con un frenético escenario de fondo, a medias entre el ámbito suburbial punk y el aire hampón de un baile apache marsellés. De todas formas, tras el vertiginoso espectáculo de esta iconografía alucinada, queda un cierto regusto romántico, pues, entre tanta hecatombe, se percibe una rudimentaria nostalgia de aventuras, con su correspondiente moraleja épica y sus gestos heroicos congelados en ademanes ejemplares. Es curioso que, al ver esas rígidas fisonomías, me viniera a la memoria La muerte de Sardanápalo, de Delacroix.