Exposición: Casino de Madrid

1987-00-00
Quizá por infortunio, quizá porque ése es el signo de los tiempos, sólo he tenido en mi vida la suerte de conocer a un artista. Un artista que se corresponde a esa imagen personal que involuntariamente he fabricado a la luz de las lecturas juveniles: Dylan Thomas, Joyce, Ezra Pound… Ese personaje largamente adolescente, dueño de una sensibilidad tan dolorosa, que cuando atraviesa los muros de su propio mundo es como aquel ave majestuosa de la que habla Baudeliere; ese príncipe de las nubes que frecuenta las tormentas y se ríe del arquero, pero que exiliado en el suelo, en medio de los gritos, sus alas de gigante le impiden caminar.
Ceesepe es de esta forma el único artista que he conocido. Enigmático y pasional, obsceno y lírico, el poder de su mirada pertenece al vericueto de sus sueños interiores y es por tanto indescifrable. Incluso cuando aporta la fecha (El día que no me quieras) y el lugar del crimen.
Su influencia sobre mí es tan misteriosa como el enorme esfuerzo creativo que ha venido a hacer Madrid por parecerse un poco a cualquiera de sus cuadros.