Exposición: La última cena

1989-00-00
El nombre de C.S.P., o sea, Carlos Sánchez Pérez, o sea, Ceesepe (Madrid 1958), está identificablemente ligado a lo que se llamó “la movida madrileña” junto a sus compañeros de armas Ouka Lele, el Hortelano y Pérez-Mínguez entre otros. A ese movimiento noctámbulo y eléctrico le debe Ceesepe su salto a la popularidad, como se lo debío también en su momento un columnista de “La Luna” llamado Almodóvar. Pero los años no pasan en vano, el columnista es aclamado cineasta buscado por Hollywood, y el dibujante de comics underground es hoy un artista completo que antes de “triunfar” en la corte ha hecho sus viajes de iniciación a París y Nueva York.
Como los viejos vanguardistas, hoy tan denostados por los neoconservadores que se reducen a pintar bodegones, Ceesepe es un pintor que viene del kitch, del cine, de los almanaques modernistas, de las viejas fotografías y de las cajas de conservas. Todo está bien si todo acaba bien, y debo decir que aunque yo no soy un “fan” de Ceesepe, su exposición me gusta.
Ante la duda ultraísta de “¿Rombo o clavel?”, también enunciada por Gerardo Diego, Ceesepe no elige ningun bando y así lo demuestra en las dos series bien diferenciadas que exhibe en Madrid. Por un lado sus “Bacanales en Rímimi para olvidar a Isota”, al decir de Carnero, hábilmente mutadas en últimas cenas en las que cristo levita, fuma o se entrega al don de la ebriedad. Y por otro lado su galería de “Apóstolas”, velados collages de fotografía y pintura, donde sus atrabiliarias mujeres ataviadas o desnudas se caracterizan por sus sombreros, amedio camino entre las peinetas de Martirio y la simbología surrealista de Dalí o De Chirico. A un lado el rombo, al otro el clavel.
Dominador del dibujo, también explora Ceesepe el collage con éxito evidente, my en el bando del rombo consigue piezas muy perfectas como “Cristo fumando” y “Pequeña última cena” aunque la grandiosidad muy bien iluminada de su “Última cena. Cristo ebrio” llame más la atención que los anteriores. Y en el bando del clavel, señalo mi predilección por “Santa rusa leyendo” y “Estrella de la moneda”. Por fin una pequeña suite de obras más antiguas pintadas en Nueva York, muy literarias que rezuman también esa morbosidad decadente de “flotan sin rumbo- cadáveres y rosas”.
“Es unas breves horas puede el vino, en la dulce demencia del festín, y las arpas, laúdes, las delicadas sedas, aplacar el amor, como cólera”. Descubrimos así un Ceesepe curiosamente emparentado con los primeros novísimos, con góndolas y torres venecianas, con el Gimferrer de “La muerte en Beverly Hills” y por supuesto con ecos de “Poeta en Nueva York” pasando por el pop, y lo que verdaderamente nos importa ahora con una verdadera voluntad de ser pintor. Y desde luego que lo consigue.