La Coleccion del Artista

2008-11-19
Calle Mayor, años 20
Venturas y desventuras del pintor llamado a sí mismo Ceesepe
La movida madrileña empieza en el mismo instante en que el teniente coronel Tejero entra en el Congreso de los Diputados, cual elefante en cacharrería, desenvainando la ferralla al grito de “aquí no se mueve nadie”. Esta ciudad, desobediente de por sí y más con el chantaje de las armas de por medio, no ha parado ni un segundo quieta desde entonces. Aunque hacía tiem­po que se veía un poco mas de color por las calles éste fue, sin duda, el auténtico pistoletazo de salida de todo el torbelli­no que habría de venir después.
Las señoritas se pusieron sus tímidas minifaldas de pasamontañas y los caballeretes cambiamos nuestras modernas corbatas amarillas con pintas por un par de huevos que, en su subida al gaznate, rasuraron más de una barba. Los empleados de Telefónica se hacían directores de cine, los abogados ejercían de filósofos y los filósofos de cantantes de rock, mientras los hijos de familias bien conocían el chabolismo horizontal en profundidad en sus continuos safaris a la Celsa o la Rosilla y, ya saben, los pintores no tenían fronteras, ni las modelos bragas.
Uno, que vivía de la sencilla ilusión de quizás un día publicar sus dibujos una vez más en “Charlie mensuel” y oír canciones de Jacques Brel, devorando caracoles en una “chambre de bonne”, en el barrio latino de París, también se vio arrastrado por las circunstancias al mismo ojo del Huracán.
El día siguiente del suceso me encontraba en Alicante pintando un mural en un bar. Era la primera (y la última) vez que pintaba con titanlux sobre cristal, -5 piezas de 1,50 metros por 2 metros llenaban una pared de 7 metros-, con tan mala fortuna que moviendo un panel se me partió por la mitad y me quedé con un trozo de cristal en cada mano. Aquí se me apare­ció la virgen y empecé a intuir que mi carrera iba a ser de largo aprendizaje a base de esquivar tropezones.
Yo llevaba casi siete años viviendo al principio de dibujar tebeos, ilustraciones, y comenzaba a hacer exposiciones con dibu­jos y lienzos entre Madrid, Barcelona, París, Ginebra y Ámsterdam… Vivía de medio alquiler en casa de un conocido cuya madre acababa de fallecer y le daba “yuyo” vivir allí. Abría un cajón y encontraba la ropa aún reciente de la difunta. Esto, unido a que su fantasma se me aparecía por las noches y que mis ventanas asomaban a un convento de monjas, me daba un cierto aire siniestro-cañí apropiado para pasar las noches en Rock-Ola. Debía de ir mucho por allí, porque acabaron concediéndome el primer (y último) premio Rock-Ola de Artes Plásticas. Creo que es uno de los dos únicos premios que he recibido en toda mi vida y que, por razones obvias, eludo mencionar en mi currículum.
Durante estos años anteriores a 1983, solía cambiar de estudio-casa con una frecuencia de entre seis y nueve meses. Mi nuevo arrendador había decidido que continuara con esta racha, así que me envió a su abogado; yo le envié al mío y al día siguiente ya iba mirando carteles de se alquila por las balconadas. Una pena, porque había una buena colección de discos de Charles Aznavour.
La galería con la que trabajaba entonces me encontró el estudio que aún ocupo. Mis pertenencias se reducían a una maleta con poca ropa, libros, un maletín con pinturas y pinceles, una carpeta con dibujos (los pocos lienzos que había pintado hasta entonces los había ido dilapidando a precios irrisorios) y un pick-up de estos de barraca de feria con cuatro o cinco discos. Todo cabía en un moto-carro tipo “Plácido” que alquilaba para los traslados.
El piso está en un edificio de madera de hace más de dos siglos, totalmente vacío. Por los urinarios de pie del baño se deduce que sus anteriores inquilinos debían de regentar una academia de algo que nunca me he preocupado en averi­guar. Como el fantasma de la señora se quedó en la otra casa, abrí una chimenea en la pared para que el fuego me hiciera compañía. Me suministraba de carbón en el barrio, ya que todavía quedaba alguna carbonería.
Puse un contestador automático -único avance tecnológi­co al que he cedido- ahora obsoleto pero absolutamente moderno para esa época. Y, casi sin deshacer la maleta, me fui a París.
París de Noche
Este accidentado naci­miento de fervorosa activi­dad callejera y noctámbu­la en España, y en Madrid en concreto, había susci­tado una enorme curiosi­dad en la prensa extranje­ra, sobre todo en la francesa. Yo era algo conocido en París; el año anterior, “Les Humanoides Associes” me habían publicado un libro, “Barcelona by night”, donde en dos historietas y un montón de pinturas mezclaba perversión, romances, canalleo fino, con línea clara, geometría compulsiva y colores mironianos.
“C’est luí qui introduit l’Elegance dans la Degueulasserie…. ” . “Ceesepe realiza cada vez más dibujos salvajes que hacen pensar en el hormigueo de imágenes que se pueden ver cerrando los ojos en una noche con fiebre …” decía Willem en el prólogo del álbum.
Los periodistas venían buscando la ciudad que nunca duerme, algo que no oliera a rancio, a pistolas, a tricornios ni a bigotes, por mucho que éstos llevaran caracolillos y el charol: un estampado de lunares. Encontraron en mi obra, más que un retrato de la ciudad, el sueño de una felicidad que podía ser.
Así que allí estaba yo, en la ciudad luz, ocupando una habi­tación de invitados en un precioso piso “chic” al lado de Republique, con el cometido de pintar París de noche, tal y como había hecho antes con Madrid.
Noche tras noche recorría los cabarets entre Bastilla y Pigalle buscando inspiración. Una vez la encontré, me faltaba materializarla en papel y pigmento, y como no tenía estudio -imposible manchar mi habitación “chic”- comenzaba a resultar problemático. La providencia apareció otra vez, un amigo conocido de Barcelona, un pintor mallorquín que llevaba un par de años viviendo en París me ofreció un rincón en su estudio. Trabajaba en el mismo edificio que la editorial que iba a publicar mis dibujos.
Las noches transcurrían bailando tango-punk con las señoritas del Balajó, y los días entre acuarelas, café, tabaco y miel.
Al mes, a los dos meses quizás, tenía ya una importante colección de “París de noche” y no puede resistir la tenta­ción de volver. Este sentimiento se repite siempre en mí, lle­gando a ser una constante de mi carácter: a veces te echo de menos, a veces te echo de más.
Las noticias que llegaban desde Madrid no eran muy halagüeñas: se acababan de estrellar dos aviones y la misma noche de mi vuelta se quemó una discoteca‑
Yo era feliz con mi nuevo estudio, mi colección de “París de noche” y mi chimenea. Tardé bastante en volver a adaptar­me, me despertaban por las mañanas y abría la puerta hablando francés medio en sueños- La galería me ofreció su stand en la Feria de Arte Contemporáneo ARCO de ese año. Con un fondo musical de Bola de Nieve, David Bowie y West Side Story -que como mi pick-up pasó a mejor vida, escuchaba en el contestador automático- pinté un montón de lienzos enormes que, junto con los papeles de París, presentamos en la Feria.
Las pinturas gustaron mucho y se vendieron todas. Recuerdo con especial cariño un lienzo de 2m x 1,5m, “Picasso besan­do a mi novia”, y la última acuarela grande de la serie “Café de París”.
Esta exposición fue, digamos, un “mini-éxito” que me proporcionó una incipiente fama, que unida a un mini-escándalo por la aparición en el número 4 de la revista “Madriz” de una historieta antigua (\”Supermarx\”) me llevó a una entrevista de casi ocho páginas en El País Semanal del 28 de Octubre de 1984.
“…al lado de esta mesa hay otra mesa más pequeña, sobre ella una paleta con grumos de pinturas y también algo pareci­do a un belén navideño. Sobre un suelo alfombrado por restos de unos 60 lapiceros de colores se alzan unas 20 figuritas de plástico compradas en el Rastro. El protagonista central de este delirante belén es un muchacho vestido de primera comu­nión con diminutas moscas sobre el traje blanco al que Ceesepe llama “el novio”. Tras él, un vaquero empuña, amenazador, un revolver, varios dinosaurios con peineta rodean a unas parejas de bailarines formadas por tiburones y flamencas que llevan cáscaras de caracoles por peluca…” así describía Javier Valenzuela la caja de \”El novio\”.
Aunque el periodista y yo pusimos toda nuestra buena intención, acorde con la época, la entrevista desde la perspectiva de los años resultaba un poco, mucho arroz para tan poco pollo o mucho pollo para tan poco arroz, según.
El caso, sigo, es que la prensa te da una cierta fama difícil de llevar para cualquier tímido empedernido. Me ofrecían facha­das para pintar murales, me reconocían por la calle, me llamaban revistas de moda para preguntarme dónde tomaba las tapas…Sin ninguna estrategia preconcebida de mi relación con los medios, yo contestaba al teléfono según la hora que me hubiera acostado la noche anterior.
“La Dama el vagabundo y el torbellino que no cesa”
“Asín de ciego iba yo por la vida” -decía Makoki en los tebeos de la época- y \”asín\” iba Ceesepe, \”el hombre de moda\”, preguntándose qué pinto yo aquí y ahora, cuando me ofrecieron realizar un medio-metraje (45 minutos) para televisión.
Hacía dos años, un amigo y yo habíamos rodado un cortometraje para televisión. Como él era fotógrafo nos pusimos de acuerdo muy fácilmente para traducir en imágenes una historia mía de toreros, “El día que muera Bombita”. Los actores eran amigos y conocidos sin experiencia y todo resultaba tragicómico y onírico… Representamos una escena de amor haciendo entrar a un conejo blanco en un agujero negro sobre un fondo rojo con la música de “Je t\’aime, moi non plus” de fondo. La
experiencia fue muy divertida y quedó como una broma romántica sin ninguna otra pretensión.
La historia que me proponía escribir y dirigir ahora estaba inspirada en un cuento clásico, “La Dama y el vagabundo”, e intuía que tenía mucho que ver con el tipo de vida que llevaba entonces.
Volví a elegir otra vez a mis amigos como intérpretes, pero lo que yo preveía como un rodaje sin aspavientos se convirtió en auténtica pesadilla. Tener que lidiar con un ayudante impuesto que te \”contrayuda\” es peor que tener al enemigo en casa, es como intentar andar con el zapato izquierdo en el pie derecho o viceversa… posible pero muy, muy difícil y, sobre todo, muy incómodo. Esta adversidad unida a un repentino y ridículo ataque de pudor que atravesaba, rayando casi en la cursilería (yo, “la elegancia en el vicio”) hicieron de este producto algo bastante absurdo y olvidable, aunque para lo que pasaban por televisión entonces y ahora, en comparación, consigue un notable alto.
Recuerdo con agrado un primer plano del culo de una mona de Gibraltar que bailaba “Begin the begin” al son de la trompeta de un grupo de gitanos que encontré por la calle y que introduje en el plano. Algo totalmente improvisado que, si bien no confirmaba mi valía como narrador cinematográfico, denotaba cierto gusto para el documental. ¡Quién sabe! Quizás equivoqué mi camino.
El problema mayor que encuentro en esto de las películas es que entre que las imaginas, las escribes, las dibujas, eliges a los actores, localizaciones, rodaje, la lucha con el “ayudante” y el montaje, pasan meses y meses que no tocas un pincel. Pierdes mano y cuesta mucho volver a recuperarla. A parte de que todo el mundo viene con un montón de preguntas que has de contestar y, para un pintor que pasa el día a día solo en su estudio, resulta complicada tanta charla.
Acabado el montaje, para recuperar el placer de los pinceles, volví a encontrar a mi amigo mallorquín. Fermín y Piquer pintaban al borde de una playa, así que instalé mi estudio en un edificio en construcción… No había luz eléctrica y el agua la sacaba de un barril. Al ser tres, en vez de los Garriris parecíamos los tres mosqueteros, y D\’Artagnan era una mezcla de Suzie Wong e Irma la Dulce pero, como dicen al final de esta película, ésta es otra historia.
La vuelta a Madrid fue muy frustrante. El torbellino seguía en su esplendor y el teléfono era su brazo armado de tortura. Encargos peregrinos, entrevistas sobre gastronomía y algún que otro zumbado -que no me explico dónde conseguía mi telé­fono- se dedicaba a insultarme. Me sentía como John Lennon paseando sobre el hielo delgado media hora antes de regre­sar al edificio Dakota y encontrarse con el siniestro Chapman.
Como además las predicciones de los futurólogos auguraban que 1984 era el año del Fin del Mundo me hicieron pasar una despedida de año desastrosa, sintiéndome el poseedor de todos los boletos de la funesta rifa que se avecinaba.
Esa noche no dormí, cogí un tren y otra vez en Barcelona a casa de Piquer, a guarecerme del diluvio nuclear. A los cuatro días, harto de aguantar mis incongruentes teorías, mi amigo me regaló una preciosa chaqueta roja para que alejara mis temores a base de capotazos.
Vuelta a Madrid a presentar la película con un extraño discurso donde explicaba la relación entre pintura y cine, entre Auguste y Jean Renoir, un muro que había que derribar, y la diferencia entre la Disney y la Warner Brothers en dibujos animados. Aún así no creo que convenciera a nadie de la necesidad de filmar esta película.
El teléfono seguía ardiendo, aunque habían mejorado sustancialmente los motivos. Iba a publicar otro álbum en París que con el título “París-Madrid” intentaba arreglar y complementar el anterior de “Barcelona by night”. La editorial era mucho más pequeña, pero consiguió una exposición de mi obra en el Museo Municipal de Anguleme coincidiendo con la Feria.
El paso de dibujar historietas a pintar lienzos no fue muy bien entendido en un lugar donde lo que más preocupaba era cuán­to había vendido la edición del último número de Asterix. Mi intento de dar una rueda de prensa sólo fue secundado por una televisión islandesa que enfocaba hacia otra esquina mientras yo disertaba sobre Pumby, Lichtenstein y Bakunin. Esto de las charlas, como van viendo, no era mi fuerte. Así que me callé y me fui a pintar otro verano a Mallorca.
Pinté en el edificio en obras cartones muy grandes que luego pegaba en maderas: “El Invierno”, “La casa de la colina”, “El hombre petrificado”. Este mismo año apareció un grupo de teatro napolitano y adaptaron una historia mía, “Estrellita va a New York”, para un vídeo que producía la televisión italiana, “Perfidi Incanti” (Mario Martone).
Volví a exponer en ARCO y, a pesar de que el día de la inau­guración los americanos habían bombardeado Libia y todo el mundo aparecía con el careto desencajado por un sín­drome muy de 3ª Guerra Mundial, la gente intentaba ani­marse moqueta arriba, moqueta abajo, mirando cuadros.
También expuse en Valencia, París y Ámsterdam y publiqué un único libro de textos, “El difícil arte de la mentira”, con los guiones de “El día que muera Bombita”, “Amor Apache”, “La Dama y el vagabundo”, “El Bruto”, pinturas, fotografías de los rodajes y dibujos de los storyboards.
Mientras, pasaba todo el tiempo que podía fuera de Madrid y de mi teléfono. París, Cadaqués, Ámster­dam. Ésta última es una ciudad donde, a pesar del frío, me hubiera encantado quedarme a vivir, pero el estudio de un pintor es como un barco encallado difícil de mover y de abandonar: siempre acabas volviendo.
En una de esta vueltas me ofreció un estudio de publicidad rodar un guión del libro que acababa de sacar, “El Bruto” (como ya hay una película de Buñuel con este nombre la subtitulé “Buenaventura”, para personalizarla). Ya aprendida la lección esquivé bien esta vez los tropezones, trabajé con una ayudante encantadora con la que planifiqué perfecta­mente cada secuencia. Elegí actores profesionales, un acróbata de “La Fura dels Baus” para el Bruto, un casting en la calle del Barco para las conejitas de Play-boy maduras, y para camareros elegí camareros de verdad (otra vez el documental). Sólo me faltó gritar acción, pero con un genio de las luces como el que llevaba la cámara, esto casi sobraba. La productora consiguió que la estrenaran en los cines cuando aún proyectaban cortometrajes antes de la película.
Esta vez, para volver a coger mano, empecé a trabajar en un taller de grabado y volví a exponer en Ginebra.
“El Turista”
Hay una pintura de Van Gogh que se llama “El dormitorio”. Es uno de sus cuadros de mayor éxito y supongo que por todos conocido. La primera vez que tuve la oportunidad de pintar en Nueva York, en mi primera tela hice una versión de esta pintura. La composición es parecida, está pintado en tonos gri­ses y rosas y yo estoy sentado en la cama con una maleta y un sombre­ro. Lo llamé “El Turista”, aunque muy bien podía haberse llamado “sin beca en Tribeca”.
En Tribeca estaba el estudio que alquilé con un amigo pintor. Nos dividimos las paredes y, aunque a mí me tocó la siniestra, jamás en mi vida he pintado tanto y tan rápido. En la calle Chambers, a la sombra de las torres gemelas, justo en el portal, había un chino que nos vendía los materiales. Cada vez que me veía aparecer se le iluminaban los ojos con el signo del dólar y los cuatro pelos de la barba se le ponían tiesos. Yo pintaba como una locomotora y la chimenea echaba acrílico y óleo a borbotones. Mi amigo estuvo a punto de llamar a los bomberos.
Hice una serie de versiones de clásicos: “El desayuno sobre la hierba”, “El dormitorio”, “La última cena”. “El Turista” lo vendí y no sé por dónde anda, supongo que de viaje. A “La última cena” volvería meses más tarde, como ahora me tocaba volver a los brazos de Madrid otra vez.
Los buenos tiempos (vuelve la aventura)
Antes de irme había dejado el guión de otro medio-metraje (28 minutos) en televisión, me lo aceptaron para una serie y me dieron fecha de rodaje para el verano.
\”El eterno adolescente\” se podría haber llamado muy fácil­mente \”El amante del amor\” si no existiera ya una película francesa de igual título y si yo no la hubiera conocido casi diez años después de rodar la mía.
Debería haberla protagonizado El Fary si el productor no me hubiera disuadido de tan peregrina propuesta, en lugar del protagonista de “Arrebato” que, si bien allí estaba muy logrado en su papel de vampiro del celuloide, se me quedaba un poco corto a la hora de besar a una mujer. Aún así es lo mejor y lo último que dirigí. Por fin había encon­trado un vínculo perfecto entre imagen y pintura.
El cine me ponía en ban­deja un medio perfecto para escenificar mis fanta­sías y para habitarlas con modelos de carne y hueso. Mi pintura se convirtió en algo muy teatral,.
“… cruel y tierno a la vez, el mundo del que hablan es un mundo más imaginario que real, un mundo muy literario y que hace pensar en escritores como Conrad o Mac Orlan, en cineastas como Pascin…” escribía José Manuel Bonet, en Blanco y Negro el 24 de
Diciembre de 1989, a propó­sito de la exposición que pinté a partir del primer cuadro y del rodaje de esta película.
“…con la suficiente ambigüedad, Ceesepe titula su expo­sición “La última cena” y a las participantes “Apóstolas”, la comida y la bebida figuraban en la “bacanal”, rito de culto al dios Baco; el rito era oficiado por las bacantes. Quitando al sustantivo “bacanal” el matriz de desenfreno con que le ha acentuado la moral posterior y manteniendo estrictamente su cualidad puede ser aplicada sin blasfemia a cualquier otra situación de participación en un rito. Semejante transposición la ha podido hacer Ceesepe gracias al sincretismo cristiano que lleva incorporado a su código genético que tampoco ha sido afectado por la carga judeo-patriarcal que igualmente puede contener dicho código”. Adolfo Castaño, ABC del 4 de Enero de 1990.
Sin nada más que añadir.

Entre el final del rodaje y la serie de pinturas había vuelto otra vez a Nuera Cork, al mismo estudio, esta vez mejor acompañado y mucho más tran­quilo, dominaba mucho mejor el “do you know what 1 mean” y la loco­motora del primer viaje se había convertido en una góndola veneciana con la que patinaba por las calles heladas de Maniatan. Hice una serie de acrílicos de tamaño mucho más pequeño llamada Chambers Suite, retratos de Barbazul, Don Ramón Gómez de la Sena, la canción “Night and Day”… Esta serie también la incluí en el catálogo y la exposición (Galería Moriarty “La última cena”, Diciembre de 1989).
Volví apremiado por el director de otro capítulo de la misma serie que me quería como actor. Menos mal que era muda (el director para animarme me decía que Marlosn Brando tenía un timbre de voz tan débil como el mío) y pude sol­ventar el asunto con más melancolía que gloria.
Después de la exposición, el cambio de década me sorprendió en Tánger con “El canto de la tripulación”. Con el cambio de hora tomamos las uvas dos veces. Era un placer no oír trompetas ni bocinas por la calle ni nadie que tirase bote­llas de sidra al cielo.
En un anticuario enfrente del Hotel Minzah encontré un calendario inglés del año 1958 y empecé trabajando la década en serie de collages sobre madera donde venía el día de Mayo en que había nacido. Como seguía sin encontrarme en Madrid, pasé la mitad del año entre Italia y París, donde intentaba publicar un libro de dibujos en blanco y negro de las agen­das de viaje de los últimos años. “Dibujos de Alcoba”, “Mi vida en los hoteles”, al final se quedó como el libro “Blanco” y con­seguí editarlo en Madrid. La editorial cerró su catálogo gráfico y se dedicó a vender a los abuelitos de “La vieja Trova Santiaguera”, que tampoco son mala compañía.
En verano me fui a Costa Rica, a Puerto Limón. Pintaba acuarelas con agua de lluvia cuando me dejaban los mosquitos. Como no lo conseguí y llovía mucho me subí hasta Cancún donde me encerré en la habitación de un hotel a pintar acuarelas de sirenas mientras grupos de marachis acurrucaban mis siestas. De aquí emprendí viaje hasta Miami, donde tampoco conocía a nadie, con tan mala fortuna que fui a parar a un hotel en pleno Down Town, una zona donde sólo había bancos y oficinas, en lugar de caer en las playas del barrio Decó.
Pasé del mundo de las finanzas y volví a Madrid, en Agosto, en plena Verbena de la Paloma, que aunque sea un tópico soy de los que tienen en el verano su estación favorita para disfrutar de esta ciudad.
Como el estudio se me iba quedando pequeño alquilé un local en Tirso de Molina donde pinté cuadros enormes de 3m x 3m con el tema de las sirenas y fondos marinos que había empezado en las acuarelas de Cancún. También comencé a tra­bajar sobre retratos de amigos. Esta serie la expuse en París y en Ámsterdam otra vez.
Había otro proyecto de cine. Se trataba de juntar a un pintor y a un director en la misma película. Yo dibujé y edité un libro sobre un guión de Jaime Chavarri, (“Ars Morundi”, edición limitada y firmada de 50 ejemplares). Por nuestra parte se quedó en eso. De dicha serie la única que se llegó a realizar fue “El sol del membrillo”, de Antonio López y Víctor Erize.
Intenté adaptar “La mujer de ámbar”, de Ramón Gómez de la Serna, aprovechando que conocía al grupo de teatro de Nápoles, llegando incluso a contarle el proyecto al hijo de Luisa Sofovich, la última compañera de Ramón, una vez que pasó por Madrid, pero también me quedé ahí.
En verano volví a Nueva York a cumplir 33 años. Como ya no teníamos estudio me quedé en casa de una amiga. Dado el trasiego de gente que frecuentaba la casa sólo hice dibujos en cuadernos y, como el calor era tórrido, nos fuimos a Nueva Orleans, ciudad de cuya música soy un fervoroso entusiasta. Adoro al Dr. John.
Mis nosalgias madrileñas me devolvieron otra vez a la Verbena de la Paloma, al barco encallado y a una serie de serigrafías sobre Madrid: “Valle Inclán”\’, “Orquestas taurinas”, “La Maja desnuda”, “Cibeles y Neptuno”…- para los fastos de 1992. Este mismo año empecé también una larga serie -“101 mujeres de todos los colores\”- de maderas muy pequeñas donde mez­clé benzol y fotografías de Play-boy (Prívate destiñe peor).
Otra galería me propone participar en la Fia-92 de Caracas. Preparé una serie de lienzos de tamaño medio volviendo al tema de las sierenas y el fondo marino que consideré adecuado para clima tan tropical. Me equivoqué otra vez.
En Venezuela hay in auténtico rechazi a las representaciones del desnudo frontal femeninos y mis cuadros era observados por los visitantes con cierto atisbo de sonrojo. Supongo que habría acertado más con un estilo a lo Tapies o Millares, pero ¿qué calor, no?
Caracas es como una enorme M30 metida en un valle. Era auténticamente imposible caminar por sus calles. Como no con­duzco y no soporto estar todo el día metido en el coche, me fui a la Isla Margarita, justo enfrente, a un pueblo sin urbanizar todavía, donde los paisanos pasan el día tomando cervezas Polar, al borde de la playa, hasta la caída de sol.
Alquilé un pequeño bungalow y allí pasaba el día entre las acuarelas y los zancudos que me tenían hecho un cristo andante. El bar al que iba por las noches se llamaba El Mosquito, y el maldito insecto acabó con mi resistencia . A pesar de maravillosas playas y gente tan afable, vuelta a la Verbena de la Paloma.
El collage malage
Malage (mal ángel) fue el año 1993: para empezar, se quemó la chimenea, vinieron los bomberos y mientras les ofrecía un café, -eran las nueve de la mañana-, hicieron un boquete en la pared de 3m x 3m por el que se veía a la señora del edi­ficio de al lado, y no era, aunque lo pareciera, una instalación de ARCO de ese año, era yo, y era mi estudi. Tuve que cerrar la chimenea y decir adiós al único calor hecho a la medida del ser humano. Desde entonces, butano.
En Mayo me bajé a Sevilla para una exposición. Cual titiritero iba en la furgoneta con mis collages malages.
El collage empecé a presentarlo hace seis años. Era a la vez una forma de alejarme de la figuración gratuita en la que podía caer y una manera de recuperar etiquetas, papeles y demás ferralla de los que podría servirme en cuadros posteriores. Al principio los titulaba sencillamente “Basuras”. Con el tiempo y Sevilla de por medio “Collage malage” le iba que ni pintado. Los collages me gustan a mí, a algunos pintores y a algún galerista atrevido, pero se venden muy mal.
A la vuelta de Sevilla, otra vez con la furgo a cuestas, me vi abocado al mundo del retrato de encargo. Señoras con niños, sin niños, con fondo tropical y que haga juego con el tresillo del salón.
Esta época me duró muy poco, lo paso mal, se me nota mucho y es totalmente prescindible. Espero.
Vinieron a salvarme una portada para The New Yorker, varios carteles para películas que nunca se estrenaban y un francés.
En bicicleta por el Circo del Martes 13
Los franceses aparecen siempre cuando uno menos los espera. Francesa era la directora de Arte de The New Yorker y fran­cés era también el galerista de “Le Monde de L\’Art” que vino a ofrecerme un espacio de 2.000 m2. antiguo Museo de la Publicidad de París.
Como el estudio de Tirso de Molina hacía años que lo había dejado, tendría que haber pintado el equivalente a veces el tamaño de mi estudio de Mayor para dar la medida del espacio.
Problemas y más problemas… Lo que realmente importa es la solución.

Otra vez me escapé a Barcelona, a la playa con los Garriris. En un espacio en Poble Nou digno de los estudios Disney, soltaron a esta mezcla de Gato Oérez/Lobo López ávido de naves. Entre tanta nave, espacio y computadoras aquello parecía la N.A.S.A. Mi traje espacial era un mono blanco de pintor y mi nave no pasaba de una simple bicicleta con la que recorría la playa del puerto Olímpico en horario mine­ro turno de noche.
En el verano más sofocante que recuerdo, los goterones de sudor mantenían húmedo el lienzo y mis marcianos particulares volvie­ron a ser los mosquitos, auténtica plaga bíblica que me persigue por las costas. Mis mejores amigos eran los perros: Tony, supongo por lo Curtís que era, y el Bob Dylan también llamado Paco de Lucía en su versión ibérica, por lo viejo y porque estaba todo el día rascándose las pulgas con la pll un tropezón acabaran comiéndose los mosquitos que me machacaban. Mientras, pasaban la noche a la puerta del estudio, vigilando cómo yo pintaba los enormes lienzos de 3m x 3m para la exposición de París.
Un año después presenté algunos de estos cuadros en una galería de Valencia: “… el artista ha abandonado las tribus urbanas que caracterizaban otras épocas para mostrar una serie de personajes extraídos del circo y del folclore más castizo. Al son de bailadores y tonadilleras, malabaristas, payasos, equilibristas y domadores muestran sus habilidades en abigarrados escenarios en cuyas tablas apenas se deja un hueco sin actividad. Tras la brillante páti­na de los barnices se abre el telón a los acrílicos, en un fes­tival de colores en los que se simultanea todo tipo de acciones como en un denso sueño…”. José Luis Clemente, Levante, 10 de Noviembre de 1995.
Antes de llegar aquí, yo tenía que exponer en París, el martes 13 de septiembre de 1994. Por supuesto la portada del catálogo era negra y dentro estaba toda la serie que pinté en Barcelona. En esos meses trabajé con unos artesanos del Barrio Chino. Recor­taban con infinita precisión las maderas dibujadas que les entregaba (bujidores). También presenté las telas grandes del estudio de Tirso de Molina y una serie de collages.
Dos mil metros cuadrados.
El prólogo lo escribió Roland Topor: “Tres perras andaluzas acechan mi ceja izquierda…”
\”Las pinturas de Ceesepe abundan en pasajeros clandestinos, juerguistas impenitentes, ecuyeres de punta de cola de caballo y otros personajes turbios, salidos de barrios finos madrileños, por no hablar de las innumerables imágenes fantasmas de seres fantasmagóricos que les llenan la cabeza…”
“Hábleme usted de un honrado castillo escocés, encanta­do a partir de la doceava campanada de media noche un antepasado lejano cubierto con una sabana agujereada manchada por un impresionista. A pesar de los lamentos desgarradores y el ruido de la ferralla de rigor ¡que llama!\”
\”El alma errará por los campos pero respirará aire puro, vir­gen de las miasmas ponzoñosas del vicio y la decadencia”. Roland Topor, Catálogo “Mardi 13, Septembre\’” París, Septiembre de 1994.
Topor era mi superhéroe de barrio, del barrio latino, uno de los artistas que más he admirado desde siempre. Murió tres años después. Sus enormes ojos de sapo satisfecho, su enorme puro incrusta­do en la comisura de sus labios, su oronda figura y su inconfundible risotada han dejado un vacío del tamaño del Triángulo de las Bermudas entre las callejuelas de París y mi corazón. Salud y gracias, Maestro.
\”Yo canto para los tran­sistores el relato de la extraña historia de tus desamores transitorios\”. Serge Gainsbourg, \’L’Anamour\”
A veces uno canta para los transistores, a veces uno pinta para los fantasmas de un castillo escocés. Así era el públi­co que acudía a ver mi exposición, brillaba por su ausencia de materialidad.
Como tampoco era cuestión de robarle clientela a la Mona Lisa, volví a desistir por duodécima vez de mi idea de ins­talarme en París.
A Madrid, y esta vez me había perdido la Verbena de la Paloma. También había perdido parte de mi alma en estas pinturas. Mi cuerpo pululaba por las esquinas del estudio como los protagonistas de mis cuadros. Para remedar esta incertidumbre me tiré de cabeza en las planchas de grabado.
El día de mi 37 cumpleaños presenté una exposición de obra gráfica en el taller de grabado donde trabajaba.
“… a caballo entre la canalla y el arte, tiene pocas referencias visua­les contemporáneas. Hoy en día los artistas se mueven entre ministros y banqueros, son oscuros administrativos o brillantes profesores, no existe apenas ya bohemia y el circo más cercano se anuncia en los titulares de prensa. De ahí la necesidad de Ceesepe o el tic del espectador que sitúa estas escenas apasionadas, en las que brillan lágrimas, barajas y puñales, cincuenta años atrás… “. José Mª Parreño, ABC, junio 1995
Esta exposición y una selección de la de París las presen­té en dos galerías de Valencia ese mismo año.
Al año siguiente volví a exponer pintura en Madrid. Sin mas ánimo que juntar una serie de cuadros y presentarlos en mi ciudad después de dar vueltas de arriba abajo. La exposición cual manifiesto situacionista se titulaba: “7, V, 96”. Había maderas recortadas, parte de la serie “101 mujeres de todos los colores” y un par de cuadros de París que, dadas las dimensiones de la sala, eran los únicos que cabían.
“Si tengo que elegir, me quedo con ese sostenido regodeo de mujeres, mujeres y mujeres, bastante más de cien, entre las que no faltan sus bellas sirenas, lo que hace que debamos entender tanta carne fresca como una forma de acabar con la timidez de un aventurero juvenil que trata de desafiar carencias antiguas”.
Carlos García-Osuna. ABC de las Artes, 10 de Mayo de 1996.
“P: ¿Cuál es su idea de la felicidad?
R: Una playa con sol sin mosquitos ni urbanizaciones
P: ¿Está negado para…?
R: Las relaciones sociales
P: ¿Si pudiera encarnarse en alguien elegiría…?
R: Un pianista de Jazz en el Nueva Orleáns de los años 20.
P: ¿Lencería de seda o de algodón?
R: Sin bragas”.
Joseba Elola. Entrevista cuestionario, El País Semanal, 12 de Mayo de 1996.
Como volvía a estar absolutamente solo, para saciar estas antiguas carencias que me delataban me debatía entre pasar el verano alquilando un estudio en Torrevieja, irme a la Habana con el manager de “La Vieja Trova Santiaguera” o irme a dedo a Hollywood.
El Círculo de Bellas Artes decidió por mí. Me ofreció dar uno de sus Talleres de Arte Actual. Bajo el título de \’”Allí donde pasa todo” me pilló otra vez la Verbena de la Paloma rodeado de trece alumnos a los que torturé con mi selección particular de \’Música para llorar” mientras les enseñaba a pintar circos sobre paneles de madera recortada.
La Navidad pasó enganchado a los 35 cm x 50 cm del Supermercado del Arte.
Mr. Senyum (Señor sonrisa)
Marzo, Nueva York. Como ya había publicado una portada y propuesto algunas que fueron rechazadas, pensé que pintando allí sería más fácil volver a las páginas de The New Yorker.
En el número del 28 de Abril de 1997 -acompañando una ilustración mía (Amor Apache)- me presentaban como el artista madrileño del nombre singular que se movía muy bien entre el Arte y el Comercio, influenciado por Modigliani, Art Spiegelman y Maurice Chevalier.
Publiqué dos dibujos más, uno sobre una obra de teatro “The Devils” (F. Dostoievski) y otro sobre el restaurante Maxim\’s.
Me habían prestado un mini-loft en East Village y entre cintas de vídeo con toda la filmografía de Louis Malle, discos de Harry Nilsson, acuarelas y un wok, pasaba noches y días arrastrándome entre espinas en mi afán de dar mi amor.
La vuelta a Madrid fue otra vez muy decepcionante, al pasar por la aduana me hicieron abrir todas las maletas, miraron los casi 50 tubos de acuarela que llevaba, las cajas de pinceles…, me bajaron la moral por los suelos… En fin… país.
Tenía un par de meses por delante para estar en Madrid. Entre medias volví a París a ver una exposición de mi amigo mallorquín. En un castillo medieval cerca de Tours el vernisage coincidía con mi 39 cumpleaños, así me salía gratis la fiesta. De paso aproveché para comer caracoles y comprar una de mis gorras irlandesas en Saint-Germain.
A la vuelta ya estaba preparando la maleta para viajar hasta Indonesia. A través de la galería de Madrid donde había expues­to el año anterior, me habían seleccionado para unas exposiciones que bajo el título de “10 of the Best” se presentaban en la Embajada de España en Yakarta. Nunca había estado en Asia, lo veía como un continente lejano y misterioso sobre el que apenas tenía referencias.
Dada mi facilidad para meterme en problemas (en el último viaje a Nueva York acabé una noche bailando reagee en el Harlem más profundo y oscuro) decidí dejarle un mini testamento a mi hermano para que dispusiera de mis obras.
Esfuerzo inútil, Bali era, y supongo seguirá siendo, una de las islas más tranquilas y encantadoras que he conocido.
Tenía una habitación en un hotel precioso. Mi terraza lindaba con el jardín tropical más bonito y cuidado que he visto en mi vida. Allí instalé el estudio. Sólo podía y quería pintar con luz natural. Amanecía a las 5 de la mañana y a partir de las 4 de la tarde, cuando empezaba a caer el sol, no se podía estar en la terraza. A pesar de que fumigaban todos los días, auténticas manadas de mosquitos venían a devorar al incauto que aún no se había refugiado en el interior. Evitaba a los insectos como evitaba a los turistas y a las parejas en luna de miel tan típicas de estos establecimientos. Me acostaba a las 8 de la tarde para aprovechar la luz de la mañana. Antes de irme a dormir, cuando anochecía, con esa luz tan llena de azules y brillos dorados, me tiraba en una piscina laberíntica ya huérfana de gente, bajo un cielo de estrellas imposibles de contar en toda una vida.
Un auténtico paraíso.
El problema que yo veo en estos sitios es que empiezan la casa por el tejado. Construyen grandes complejos hoteleros de lujo en vez de solucionar un sistema de alcantarillado y limpieza de agua en los pueblos donde viven los verdaderos habitantes de las islas. Así los ríos, con la llegada del turismo y sus plásticos, bajan con las aguas cada vez más negras. Una pena…
Al igual que en Barcelona con los bujidores, encontré unos artesanos que tallaban al milímetro unos marcos que previamente les había dibujado. Pocas veces en mi vida he sido tan feliz como pintando en esta isla mágica. A pesar de estar solo, echaba de menos muy pocas cosas y a casi nadie. Quizás un poco más de luz de día para pintar.
Los títulos de los cuadros así lo reflejan, “Mecánica celeste”, “Jardín de palabras”, “Escalera al cielo”, “El club de la Insania”, “Comida de Artista”, “Puri, puri, bacalao”… Alguna noche bajaba hasta Kuta, allí donde las calles perdían su nombre, donde había restaurantes y discotecas. Como no me gusta la música dance que se bailaba en estos sitios, ni sus pastillas, me dedi­caba a construir pirámides de copas de champagne -auténtico don mío este raro sentido del equilibrio- para jolgorio de la feligresía.
Pasaron tres meses y había que ir pensando en volver. Los cuadros se fueron a Yakarta y detrás iba yo.
El choque entre el paraíso de vegetación y la macrociudad que me encontré al llegar fue tremendo. Me apetecía salir corriendo. Al igual que Caracas, Yakarta es una ciudad imposible para ir a pié. Bloques, atascos monumentales, chabolas detrás de lujosísimos edificios. El hotel donde me alojaba era grande como un campo de fútbol de primera y frío como la casa de un esquimal.
En la Embajada fueron muy amables y me ayudaron mucho a colgar la exposición.
Indonesia es el país musulmán más grande del mundo. Bali es una excepción, es la única isla de religión hindú. Hay más de diez mil islas.
Para la inauguración me compré una corbata negra en homenaje a una canción de David Bowie, “Nariz blanca, corbata negra”. La gente me felicitaba por las pinturas aunque no creo que entendieran poco o nada, si es que en una pintura hay algo que entender. Apareció el Ministro de Cultura Indonesio a inaugurarla: “¡Ah, los locos de Bali!” dijo y se reía… Se paraba delante de un cuadro y se partía de la risa. Supongo que no debería estar acostumbrado a la representación de la figura humana y menos a un pintor mezcla de Modigliani y Maurice Chevalier tostado por el sol de Bali. A la hora de soltar el discurso, todos nos pusimos firmes. Ahora, el que hacía esfuerzos por no reírse era yo. Una mosca le rondaba la cabeza y ante acto tan solemne era incapaz de ahuyentarla.
Por el día era imposible pisar la calle entre un calor de 45 grados a la sombra y los atascos, así que sólo salía de noche, el único momento en el que se podía circular en coche. Un amigo de Marqués de Vadillo que llevaba cuatro años en Yakarta me acompañaba en los safaris nocturnos de garitos y danceterías. Volví unos días más a Bali bus­cando un paraíso y un tiempo que había perdido definitiva­mente y, con todo el dolor de mi corazón, sabiendo a cien­cia cierta que estaba cometiendo uno de los grandes errores -sino el mayor- de mi vida, volví.
Tras un viaje penoso de die­ciséis horas con cuatro transbordos y la pérdida del equipaje incluida, mi cuerpo maltrecho llegó hecho polvo a la calle Mayor. Mi alma vendría quizás al cabo de dos o tres meses, y digo quizás porque aún no sé con seguridad si ha vuelto.
Me despertaba a media noche sobresaltado en medio de una jungla de plantas y palmeras, encen­día un mechero, veía que era mi habitación y podía volver a dormir. Fiebre tropi­cal creo que lo llaman. Veía a la gente por la calle seria, petrificada, casi en formol. No podía entender que estuvieran siempre pensan­do en comer, ni las ridículas ropas, ni los ridículos carda­dos, ni esos perritos que arrastraban orgullosos, ata­dos a un lacito, defecando por doquier.
La melancolía es sentir nostalgia por una felicidad que no se ha tenido, siquiera apenas intuido. Así de llorón iba yo por la vida descangayado, cual gallo desplumado, caldo de cultivo para un tango.
A la luz de un farolito
La vida en Madrid no era gran cosa, así que acepté la ofer­ta de otra galería para ir a pintar tres meses a Buenos Aires y presentar los cuadros en una feria, ArteBA, que se celebra­ba allá en Mayo. Mi intención era volver a Indonesia después de Buenos Aires sin pasar por Madrid, así ya habría dado la vuelta al mundo y podría lucir con propiedad un arete en mi oreja derecha y un tatuaje que dijera “Nunca más” sobre el lado izquierdo de mi pecho. Habría cruzado siete mares.
Desde los primeros tangos que escuché de Carlos Gardel en 1978 hasta que descubrí a Osvaldo Pugliese y su orquesta en 1991, a quie­nes dediqué bastantes retratos, era fanático seguidor de este senti­miento hecho herida que se baila.
Buenos Aires en 1999 aún era muy caro, y el barrio de la Recoleta, aún más. Con gran esfuerzo, la galería me encontró un pequeño apartamento amueblado en un edifico moderno a cuatro pasos de Florida.
Buenos Aires es una ciudad enorme, preciosa, muy agra­dable para dar un paseo, tomar un café y leerte el periódi­co viendo a las minas pasar.
Vacié una de las dos habitaciones del apartamento y la forré completamente de cartones para no manchar la moqueta. Esta costumbre la empecé en el jardín de Bali y la retomé en Mayor al volver de Argentina. Aprovechas cual pepita de oro, toda gota de pintura que cae del pincel.
El balcón daba a la Avenida Libertador y el ruido del tráfico (doce filas de coches) era ensordecedor. Encontré una emi­sora que radiaba tangos 24 horas al día y lo amortiguaba en cierta medida. Empecé a patearme Corrientes buscando orquestas de tango y tanguerías alejadas de la ruta de guías de viaje más al uso. Tarea ardua, el circuito de tangos es tan cerrado como pueda serio aquí el del buen flamenco. El afi­cionado tiene su propio código, su lenguaje, su geografía particular y hasta una forma de vestir que le caracteriza.
Encontré, casi por casualidad, a cuatro cuadras de la Plaza Borrego, un local de barrio donde, a parte de bailar los vecinos, te enseñaban a dar los primeros pasos. No me lo podía creer. Esa misma noche actuó el sexteto de tango más bueno que jamás haya oído. Unos paisanos me ense­ñaron un par de sitios más donde veía a unos viejecitos de 80 años con su pañuelo blanco anudado al cuello, deslizase por la pista pegados a gráciles gacelas de veinte, deseosas de volar en sus brazos.
Lo había decidid, yo quería envejecer así, lejos de la luz espectral que da una televisión desde una esquina veinticuatro horas al día iluminando el camino directo hacia la tumba.
El estudio era mínimo y no me permitía grandes alegrías en los formatos, así que pronto tuve una colección de orquestas de Tangos lista para presentar en la feria. El tema del tango, como ya he dicho antes, es minoritario en Buenos Aires. Les debe sonar algo rancio, con recuerdo a épocas que el argentino prefiere olvidar. Quizás hubiera tenido más éxito retratando al equipo titular del Boca Juniors, pero uno busca conmo­ver, no el triunfo.
Pese a todo, Buenos Aires es una ciudad muy habitable, con algunos magníficos edificios de cuando en los años 30 esta ciudad nadaba en la abundancia de la plata y se per­mitían importara los mejores arquitectos del mundo. Es una pena, otra, que los locales preciosos de esta época como la confitería La Ideal, donde en sus grandes salones aún siguen balando tangos todas las tardes, acaben transformados en una oficina bancaria o en otro Mac Donalds.
Cumplí 41 años y me volví, con la frente marchita y las nieves del tiempo plateando mi sien, al barrio.
Can la melodía de alma inquieta de un gorrión sentimental como fondo, el cambio de siglo me pilló en mi estudio sin gran­des sorpresas. Ya había sufrido mi catarsis particular de fin del mundo en 1984.
El prólogo de mi última exposición de Madrid en 1996 consistía únicamente en una estrofa de una canción de Kiko Veneno, “La Catástrofe Mayor”:
“Sabios de todas partes
vienen ya vaticinando
que el fin del mundo se acerca
y así se lo van llevando”
Galicia Caníbal
Luis Antonio de Viena publicaba un libro sobre Madrid con una portada mía, “Madrid ha muerto” (Editorial Planeta, 1999).
Volví a Torrevieja buscando el mar, con el pretexto de editar una serigrafía.
Hicimos una portada en un disco de homenaje a Luis Eduardo Aute, “Mira que eres canalla” (Virgin 2000).
“Ceesepe ha colocado entre las piedras, a los pies de la Quintana que es de mortos -la de vivos es la parte alcanzada por la escalera- una serie de cuadros agrupados bajo el título de “Mecánica Celeste”. Como siempre, entre lo que expone hay mucho acrílico y mucho collage. Cuando habla de su pintura habla de su interés por el retrato “del absurdo”, de ahí la “Mecánica Celeste”: “Porque no hay nada más absurdo que verle el espíritu a una máquina”.
Pancho Tristán, El Mundo, Edición Galicia, Jueves 1 de Junio del 2000.
Así reseñaba el bueno de Pancho mi inauguración del día anterior (42 años) en la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia en a plaza da Quintana de Santiago de Compostela.
“Mecánica Celeste” era el título de una película de 1994 de la venezolana Fina Torres que bullía en mi cabeza mientras pinta­ba en Bali. Años después de Santiago me enteré que también era el título de un libro de poemas de Jorge Guillén y 4.900 referencias más. La exposición se centraba otra vez en collages de varios años y cuadros sueltos relacionados con el título.
Celeste es el color de la bandera gallega y su estrella aparecía montada en bicicleta en la portada del catálogo.
“…lo dijo Jesucristo en el sermón de la montaña: que los lirios nunca trabajaron y que ni el propio Salomón en el auge de su gloria vistió como ellos”. Paul Lafargue, pensador, yerno de Marx, se encargó de recoger la cita de Jesucristo en su Derecho a la vagancia, el manifiesto en el que criticó que el trabajo fuera un derecho. Lo que debe corresponder a los humanos, decía Lafargue, es vivir bien.
Pancho Tristán en el artículo citado anteriormente.
A los dos años vuelvo a Galicia en Mayo y siguiendo los consejos de Lafargue, expuse en el Casino Atlántico.
“9 reinas” es el título de una película (Fabián Belinsky, 2000) donde dos timadores bonaerenses se pasan todo el tiem­po detrás de una valiosa colección de sellos defectuosa con este nombre. La serie de sellos se llamaba “Las 9 rei­nas”. Le hice un retrato a cada una.
En esta serie de pinturas volví a recuperar Buenos Aires, pintar en series y la ilusión óptica de mezclar figuras y abstracto.
La colección del artista
En Navidad del año pasa­do preparé para una gale­ría de Valencia una exposi­ción donde con el título de “Manual práctico de pintu­ra # 1” seleccioné y pre­senté en el catálogo una serie de cuadros de dife­rentes épocas, cada uno de una técnica distinta que había empleado en estos años. Desde los relieves de madera, el benzol, el collage, la pintu­ra de viajes, el grabado, etc. Mi idea inicial era un catálogo que a imitación de los libros de manuales para artistas fuese un referente de modos de proceder en mi pintura. La idea por el tiempo se quedó sólo en los títulos.
La exposición que ahora presentarnos surgió hace un mes. He hecho una selección de los pocos cuadros que desde hace más de veinte años he ido guardando para mí, muchí­simos menos de los que me hubiera gustado. Algunos los he tenido que pedir prestados a sus actuales propietarios.
En este prólogo he intentado explicar el cómo y el porqué de su proceso de creación. Hay muy poca literatura que yo conozca sobre pintores, -seguro que hay mucha más sobre Jack el destripador-, menos aún explicada por ells mismos en algún libro. Mi favorito es “El deseo de sentirse inútil” de Hugo Pratt. Mi gran decepción, “Memorias” de Baltasar Balthus, pintor que siempre admiré mucho y cuya biografía dejé de leer. Aburrido: “Para mí pintar es como hablar con Dios”, decía.
Para mí, al principio, pintar era hablarte entre las piernas a la última mujer que me abandonó. Con el tiempo me libré de pintar para obtener el beneplácito de los críticos.
Ahora dejo que mi pintura hable por mí, ella le dará la charla al que tenga el oío y el gusto de acercarse a escucharla.
Ceesepe, Madrid, 26 de Febrero de 2003