Quico Rivas , CEESEPE: EL SUEÑO CONTINÚA

2008-11-09
Ceesepe
Barcelona 1995
Sala Pelayo, Barcelona
CEESEPE: EL SUEÑO CONTINÚA
“El sueño sólo existe cuando lo acaricia el recuerdo” (Luis Buñuel). A Ceesepe esta frase del terrible tamborilero de Calanda le ha estado rondando la cabeza durante años. Que los sueños y los recuerdos están hechos de la misma sustancia –son estados distintos de una misma materia- es algo comprobado. La misma sustancia de la que están hechos los deseos. ¿Para qué pinta uno, o escribe, sino para hacer realidad sus sueños, poner en práctica sus deseos y hacer honor a sus recuerdos?
Ceesepe siempre tuvo el sueño de ser pintor. Lo que ocurre es que, en un principio, tantos eran sus sueños que tardó un poco en darse cuenta de cuál era el sueño principal.
Ese sueño llegó a transformarse en pesadilla al regreso de una de sus más cruciales estancias en París.
—París bien vale un tango
Ceesepe hizo su primer viaje a París a los 18 años. Aquél fue su primer viaje fuera de España. Necesitaba conocer mundo además de buscarse la vida entre los editores y revistas de historietas, pues esa era su principal actividad por aquel entonces. A finales del 84 más que viajar puede decirse que Ceesepe fue exportado por la gente de “Actuel” para “pintar la noche parisién”. Ceesepe cumplió como el primero, faltaría más. Entre otras cosas, a pesar de su mala fama, Ceesepe era una máquina de trabajar. “Cuando trabajo soy una mezcla de animal, máquina y niño autista, mi cabeza se pierde y de mi cuerpo sólo se mueven las manos, la izquierda para encender un cigarrillo detrás de otro y la derecha para darle cuerpo y alma a un papel con un pincel”.
Por imponderables de aquel encargo –Ceesepe siempre ha tenido buena estrella con sus encargos- conoció y trató a personas de todas las cataduras, vagabundeó por calles y barrios, alternó con camareras de postín y famosos, frecuentó los locales de moda y descubrió por su cuenta otros locales maravillosos que luego se pondrían de moda. El famoso tango que se marcó en el Balajó está inscrito con letras de oro en la historia de la noche de la Capital de las Luces. El hecho de que la señorita le dejara abandonado a su suerte en mitad de la pista no hace sino confirmar que Ceesepe, esté donde esté y en toda circunstancia, siempre será fiel a su destino.
A Ceesepe le fascinaba el París de los cabarets, de la guitarra cíngara de Django Reinhardt en el Hot Club, de los apaches, de los cuadros de Toulouse-Lautrec, de las señoritas que fuman, de las figuras cubistas de Picasso, de los bailarines negros, de las señoritas tanguistas con tacones más afilados que su propia plumilla aún en su época de “costurera en cals”, que ya es afilar, el París de las películas de Carné (que no ha visto) y de algunos libros de Mc Orlan y Cocteau (que no ha leído), un París cuyo perfume en la época de la ocupación también supo reflejar en “Estrellita en Nueva York” (1982), una de sus historietas más celebradas, que dio la vuelta la mundo.
En París a Ceesepe nunca han dejado reeditarle álbumes, libros y catálogos. Ha hecho repetidas exposiciones y atendido los más diversos encargos. Los franceses, que son muy avispados al a hora de reconocer el talento allí donde se encuentre y hacerlo suyo, sin anteojeras chovinistas, fueron los primeros en reconocer y encumbrar a Ceesepe en el altar del éxito, permitirle besar el cielo. Y el cielo de París, a pesar de algunas modas trasatlánticas y pasajeras, será siempre el cielo de los verdaderos artistas.
En justa correspondencia Ceesepe le ha dedicado a París obras inolvidables. En pintura y por escrito. Los párrafos que le dedica cuando relata su decisión de volver a Madrid, tras aquella estancia del 84, resumen tal emoción que no me resisto a la tentación de reproducirlos aquí:
“El último dibujo que hice es el mejor de todos, se llama “Café de París” y representa decenas de parejas abrazadas, amarilleado con auténtico café de París. Cuando estaba a punto de acabarlo hice la maleta, desmonté el tablero y le dejé una nota escrita a Miguel en laque me despedía, y si preguntaba por mí, que no estaba. Hay momentos en que es mejor dejarlos así, bellos, dulces, viviendo siempre en tu corazón. Todo estaba encerrado en este cuadro que se llamaba “Café de París”. Ahora debe estar colgado encima del sofá de cualquier arquitecto vallisoletano, él tiene el objeto y yo tengo su alma, él tiene un trozo de papel manchado de azul y yo tengo para siempre a París de noche (El difícil arte de la mentira, 1986).
Yo estoy segur oque debió ser durante alguno de sus solitarios paseos por Montmartre, en compañía de algún gato sonámbulo –Madrid y París, aparte de la fonética, siempre han tenido una cosa en común: los gatos- mientras le daba patadas a una lata vacía, cuando soñó despierto y de manera definitiva que lo suyo iba a ser, por encima de todo, le pesara a quien le pesara, la pintura. Y una de las virtudes de Ceesepe, además de la de soñar más despierto que dormido, es el empeño y la capacidad para hacer realidad sus sueños.
—El infierno de los sentimentales
Un cuadro de 1985 creo que es el que mejor refleja la empecinada lucha de Ceesepe por ser pintor. Se titula “Invierno” y es un cuadro infernal. Lo pintó en el estudio de Miguel Barceló en Artá, en el norte de Mallorca. Sobre un fondo matérico rojo y encendido, como de lava en ebullición, se despliega una forma serpenteante coralina, una especie de entramado jeroglífico de flores y espinas. En una esquina, a lomos de una espina, vemos una figura diminuta: un pintor catalán con barretina. ¿Un trasunto de Dalí? Es posible. En todo caso, un embrión de “pintor universal”, catalán o no, de estirpe lunática y surrealista, la estirpe a la que sin duda pertenece el propio Ceesepe.
A ese entramado entre óseo y vegetal que se extiende por todo el cuadro yo le llamo “La raspa de la rosa”. Algún día escribiré la letra para un bolero con este título que le dedicaré muy gustoso, cuando me den tiempo. Las rosas de Ceesepe no tienen espinas; como las de las princesas de Darío, tienen raspa. Raspa de sardina o de cualquier otro pescado, vaya usted a saber. Ceesepe, entre otras cosas, tiene fama de excelente cocinero, especialista, como buen levantino, en arroces y pescados. Esto puede parecer un dato baladí, pero no lo es. Durante la segunda mitad de los ochenta Ceesepe pintó muchos bodegones. Bodegones, banquetes y esas mesas como arrastradas por un golpe de la Tramontana tras una buena comilona.
Los levantinos, los catalanes y los mallorquines, cuando se meten entre fogones, hacen maravillas. Son insuperables, sobre todo, en casa entre sí elementos e ingredientes absolutamente dispares en apariencia. Algunas de estas combinaciones –auténticos “imposibles metafísicos”-, como la langosta con conejo o pollo con mero, figuran con todos los honores entre las cimas más altas de la gastronomía universal. En los bodegones de Ceesepe también aparecen siempre extrañas e inquietantes criaturas híbridas: el pez-gallo, el toro-gamba, el conejo-pulpo, la cabra-pescadilla, la pera-cangrejo, la jarra-botella… Criaturas cuya genealogía nos remontaría hasta los cuadros de El Bosco, una de las primeras querencias de nuestro pintor.
Como El Bosco, y quizá en su compañía, también Ceesepe bajó al os infiernos. Pero el infierno de Ceesepe era muy especial. Se equivocan quienes crean que el infierno es uno y el mismo para todos. Nada de eso. El de Ceesepe, creo yo, debió ser el infierno de los Sentimentales. EN ese infierno se sufre mucho, como en todos, pero de una forma particular. Nadie te pincha con tridente ni te cuece a fuego lento en un perol. EL infierno de los sentimentales es el infierno de las penas de amor. Cuando más te torturan a escuchar una y otra vez canciones como “L’Anamour”, de Serge Gainsbourg; “Je chante pour les transistors / ce récit de l’etrange historie / de tes anamours transitoires…” A esa canción le ha dedicado Ceesepe uno de sus más hermosos cuadros del 94 y sus notas se pueden escuchar tras las pinceladas de otros muchos. Las penas que te produce una rubia, ya se sabe, sólo las puede curar una morena.
Una serigrafía de Ceesepe de 1982 se titula, precisamente, “Conflicto sentimental”. Mas que un título afortunado y aislado, “Conflicto sentimental” define al a perfección el estado en que vive y trabaja Ceesepe. Lo suyo, diría yo, es un conflicto sentimental permanente. A mí se me antoja que ése es un estado excelente para la creación. “Lo que en literatura se llama épica –ha confesado Ceesepe en más de una ocasión- me repelía y me repele hasta la saciedad, declarándome fiel, a pesar de los malos tiempos, a la lírica, a la obra de un hombre hablando de sus sentimientos hasta el fin”. En toda su obra se percibe ese sustrato sentimental y tierno. “Una ternura antigua”, como en la samba de Dolores Durán aún cuando se desvíe en ocasiones por derroteros de amargura y violencia. No tiene nada que ver. Entre los impulsos que le mueven a pintar también figura eso tan tópico y tan cierto que se llama la alegría de vivir: “Yo siempre intento dar un poco de alegría de vivir con mi pintura”. (Cuaderno de Venezuela, 1992).
No es de extrañar que tras su bajada al infierno, Ceesepe, rápidamente redimido, fuera catapultado otra vez al cielo, aunque en el cielo Ceesepe, como ya veremos, no hay nubecitas ni seres seráficos tocando el arpa, más bien es un cielo de tejados y de playas con mosquitos. A finales de 1989 Ceesepe presentó en la galería Moriarty de Madrid una exposición titulada “La Última Cena”. Fue un éxito clamoroso. La crítica se volcó y los coleccionistas se portaron. Vino a ser como el paso de Rubicón o del Noroeste para él. A partir de ahí se acabaron las dudas y las matracas sobre su talento de pintar.
En “La Última Cena” Ceesepe posó sobre el tapete, o sobre el mantel, todas sus cartas, todos sus recursos, algunos viejos y muchos nuevos. Fue, por ejemplo, la primera vez que empleó fotografías encoladas como base para el dibujo, técnica que volverá a emplearse una y otra vez con excelentes resultados.
Inspirada directamente en el cuadro homónimo de Leonardo, cuyas reproducciones le perseguían desde la infancia, “La Última Cena” era, por mí decirlo, una exposición con argumento, como la mayoría de las suyas. “El Cristo” de Ceesepe –él mismo, por supuesto- era un Cristo ebrio, fumador, dionisiaco y un poco pasado de rosca. Entorno suyo los doce apóstoles, mujeres estupendas, muchas de ellas como rostros conocidos de la farándula y la noche madrileña, tocadas con sombreros imposibles y surrealistas. Sombreros con zapatos, con ánforas, con torres, con luna, con botellas, todo el repertorio de los fetiches más queridos del autor. Al elenco de señoritas y sus extravagantes sombreros los volvería a reunir años más tarde en un cuadro titulado “Ceesepe favoritos caps” (1993). Y es que a Ceesepe siempre lo han fascinado los sombreros. Es frecuente verlo trasegar dentro de sus cuadros con gorra de marinero o cornete de botones de hotel. Últimamente anda muy entusiasmado con los Top Hats, desde que descubrió que lo más alto de Nueva Cork no eran los rascacielos, sino las enormes chisteras que lucen los millonarios.
Para los cuadros de “La Última Cena” Ceesepe utilizó como base las fotografías que realizó durante el rodaje de su película “El eterno adolescente”. En un momento dado las películas sustituyeron a las historietas a la hora de dar rienda suelta a su pasión narrativa. Esa irreprimible necesidad de contar historias ha dado lugar, a lo largo de una década, a una de las más curiosas y personales filmografías de la que tengo constancia. A parte del mencionado, el último por el momento, incluye títulos como “El Beso” (1980), “El día que muera Bombita” (1983), “Amor Apache” (1984), y “Buenaventura, el Bruto” (1987). El día, no muy lejano, en que la Filmoteca Nacional se decida a organizar un ciclo de sus películas en condiciones, Ceesepe será aclamado como uno de los grandes cineastas secretos y subterráneos de su tiempo.
El mundo que se refleja en las películas y el los cuadros de Ceesepe tiene mucho que ver. Son desarrollos diferentes de un mismo impulso. En ese mundo Ceesepe es siempre el eterno protagonista. Por algo es su propio mundo y él lo modela y lo da forma a su antojo. No es el suyo, sin embargo, un mundo cerrado o aparte, es un mundo de lo más poblado, lleno de gente. De ahí que muchos de sus cuadros tengan como una cualidad escenográfica y teatral muy acusada. Son, diría yo, escenografías del sentimiento. Escenografías multitudinarias a veces. Ceesepe es un verdadero maestro a la hora de mover y poner en escena grandes, complicadas, complejas y barrocas figuraciones. ¡Cuánta gente, cuántas cosas, qué abigarramiento hay en alguno de estos cuadros y, sin embargo, todas están en su sitio!
A Ceesepe siempre le atrajo el mundo barroco, sensual y exuberante de Fellini. Su película preferida del maestro italiano es “Los inútiles”. Entre sus amistades hay muchos de esos traicioneros crónicamente apalancados en la casa paterna, que nunca han dado un palo pero siempre visten de punta en blanco. Sus propios personajes, sus protagonistas son de muy otra catadura. Tampoco pertenecen al gremio de los fracasados. Algunos, incluso, como EL Tacón Cubano o Bombita, son triunfadores natos a los que, en un momento dado, se les atraviesa una historia de amor, una mujer fatal, y los parte por la mitad. La ventaje del creador sobre sus personajes es que él puede empalmar una historia con otra. Ser un buen camaleón sin dejar de ser uno mismo, he ahí uno de los secretos. A fin de cuentas, lo dice el propio Ceesepe citando a Oziliyou, la diferencia entre un niño y un adolescente es que el niño quiere oír siempre la misma historia y el adolescente necesita oír cada día una historia diferente.
“Si veis a Bombita compradle lotería, pagad su anís, dejad que os hable de cuando era fuerte y si os pregunta por ella, decidle que yo también la llevo clavada en mi pecho… y que entre dos el dolor pesa menos”. Así acaba “El día que muera Bombita”. Luego aparecía la palabra FIN. Pero no era el fin. Era un paréntesis en la vida. Un paréntesis engañoso como todo en el arte, en las películas. El sueño, sin embargo, continúa.
FRANCISCO RIVAS
Tenerife, Mayo 1995