Quico Rivas , Ceesepe , El Sueño de La Pintura

2008-11-09
CEESEPE
DICIEMBRE 1989-ENERO 1990
Galería Moriarty
CEESEPE, EL SUEÑO DE LA PINTURA
Por Francisco Rivas
TEN YEARS AFTER
Hace diez años, un mes como és­te, Ceesepe presentó su primera ex­posición individual en la galería Buades de Madrid. Hasta ese mo­mento sus originales sólo habían si­do colgados en pubs de dudosa ca­tadura y en precarios tenderetes del Rastro. Gozaba ya, sin embargo, de una popularidad creciente y sus di­bujos e historietas se publicaban regularmente en la llamada prensa marginal, alternativa, under­ground o del rollo, es decir, raquí­ticas revistas de futuro imposible y escasa difusión, editadas casi siem­pre en Barcelona.
Autodidacta precoz, conmilitón incansable en las noches de parran­da, con veinte años recién cumplidos Ceesepe parecía recién escapado de una de las viñetas de El Trapecista o de Vicios Modernos, sus dos pri­meros álbumes. Resultaba un tipo realmente original, de estirpe, creo, valleinclanesca: tímido, orgulloso, sentimental, estrafalario, elegante de percha, mirada felina y un perfil tan afilado como la plumilla de un viejo calígrafo. Pronto se convirtió en una de las figuras emblemáticas de aque­lla efervescente escena madrileña de hace una década, la sin par movida, curioso y denostado eufemismo de cuyas rentas aún vive una ciudad en claro proceso de estancamiento aun­que los corresponsales extranjeros si­gan pasmándose ante el espectácu­lo de los embotellamientos de tráfico en la Gran Vía a las tres de la madrugada.
HABANERA
Hace diez años Ceesepe vivía ro­deado de nietos de Gene Vincent, atrabiliarios afterpunquis, maniquís new wave, pasotas, camellos, junkies, chicas teñidas y algún que otro bisoño aprendiz de postmoderno. Con Ouka Lele y El Hortelano en Barcelona y Alberto García Álix en Madrid conformaban una especie de circulo o piña basado en lazos de amistad y vivencias compartidas más que en un ideario o proyecto artísti­co común. En este sentido Ceesepe siempre ha ido un poco a su aire. El rocanrol nunca fue para él un estig­ma generacional sino un palo entre otros muchos que, además, sonaba muy bien en italia­no. Cuando en las altas horas de la madrugada se fa­jaba en solitario sobre el tablero de dibujo, muy a me­nudo buscaba el cálido abrigo de los boleros, los cuplés y las tonadillas eternas. Si vas a París, papá, no pierdas la chaveta por unos ojos verdes bajo los puentes del Sena. Nosotras, madre, vámonos pa Caí, que yo quiero un negro bajo el li­món del limonero. Fumando es­pero.
A Ceesepe se le ha visto muchas veces seguir hipnotizado la estela que deja a su paso el violín de un cíngaro. Y hacerle carantoñas a la cabra. O balancearse como un sonámbulo sobre las notas de una habanera, arrullado por el murmullo de las olas y los pellizcos de un nostálgico acordeón. Estamos ante un soñador irreductible y romántico, soñador a contrapelo de al­ma insomne y es­píritu alucinado. Toda su obra está impregnada de una atmósfera onírica. Imágenes, lugares, personajes y objetos que, a veces, nos recuerdan a otros reales, pero, en realidad, han sido fabricados con la misma urdimbre etérea c im­palpable de la que están hechos los sueños.
Una tarde, un beso, un dibujo, un sueño, es el ilustrativo titulo de un collage fechado en Amsterdam hace un par de años. Los canales, en verdad, resultan un lugar muy apropiado para que saltimbanquis y funambulistas realicen fantásticos equilibrios y den la auténtica medi­da de su valor y de su imaginación.
En el caso de Ceesepe, todos los canales conducen irremediablemen­te a un lugar imaginario que, en alguna ocasión, ha descrito como una suerte de Caribe Mental, país de aluvión y coctelera espiritual donde mezcla películas alemanas, discos cubanos, postales de París, pasos de tango, apaches urbanos, perfumes de estación de tren, aromas de hotel, camareras de uniforme, números de circo, disfraces de carnaval, nieblas de café, cartas que nunca llegaron a tiempo, palmeras temblorosas, el eco de algunas calles, el poso de las copas vacías, el parpadeo de algunas farolas, chicas de anuncio, etiquetas con mensaje, guiños cubis­tas, ensaimadas mallorquinas, men­sajes cifrados, siluetas de negros, reflejos de rubias platino, estrellas de cabaret, huellas de caballeros perdi­dos en la marisma… y ese sabor amargo que inunda la garganta cuan­do la Reina de la Noche se niega, por enésima vez, a ser la Reina de Nuestro Corazón. Ese lugar en definitiva, en palabras de quien lo soñó, «es una cosa muy tierna y muy cálida que yo la tengo situa­da en Cuba, pero que igual está en otro lado». Este donde esté, parece claro que es una gran ventaja poseer algo así en estos tiempos donde cada día es más frecuente encontrar pintores dedicados a dar vueltas y más vueltas por el mundo, y más difícil encontrar pintores con un mundo propio. A este Caribe Men­tal de Ceesepe le he escrito yo una especie de habanera libre. Perdonen el atrevimiento pero no puedo resis­tir lA tentación de incluirla aquí. Di­ce así:
¡Ay, habanera bonita!
Si tú supieras qué dura
ha sido mi aventura,
seguro que me dejarías
colgarme en tus caderas!
¡Ay, habanera bonita!
Si tú supieras
que, por soñar contigo,
de día ya no vivo y
de noche no duermo!
¡Ay, habanera bonita!
¡Bonita habanera!
¡Si tú supieras…!
LOS DOS TRIÁNGULOS
Siempre he sospechado que Ceesepe duerme con los ojos abiertos. Tiene, desde luego, ojos de fakir, co­mo descubrió el Hortelano: «Poca gente le aguanta fijamente la mi­rada».
«La locura de los ojos es la atracción del abismo», escribió Jean Lorrain en El Maleficio, novela que contiene varias páginas muy hermosas en torno a tan delicado órgano. Asegura que en el fondo de las pupilas, como en el fondo de los mares, existen sirenas, aunque él nunca las hubiera encontrado. Para suerte suya, sin duda, pues, como se sabe, las sirenas son criaturas que viven en el mundo de los espejismos y su canto es una forma de encantamiento destinado a anular voluntades y cegar corazones. El pro­pio autor de los Cuentos de un bebedor de éter, no tiene más reme­dio que reconocer que el enigma te­rrible y alucinante de los ojos reside en que en ellos no hay nada, «no hay sino lo que nosotros ponemos».
Hace diez años Ceesepe llegó a la conclusión de que le sobraban si­renas pero carecía de un lenguaje apropiado para conquistar a la Rei­na de los Mares. Por eso decidió ha­cerse pintor. De alguna forma hizo suyo el pertinente aforismo de Karl Kraus; «Lo que vive de los temas, muere antes que ellos. Lo que vive en el lenguaje, vive con él». En una breve entrevista que publiqué en El País justamente el 15 de diciembre del 79, ya aventuraba sus nuevas in­tenciones: «Ahora me divierto más con los colores que inventando una historia de puñetazos».
Para aventurarse en el mundo de la pintura a Ceesepe le sobraban fa­cultades, ambición y capacidad de trabajo. Tenía, además, algunas ideas bastante claras: «Lo importante es el triángulo entre las manos, el co­razón y la cabeza, bueno, y los ojos. Y también hay otro triángulo: la mano, el corazón y el bolsillo». El primer triángulo se resolvía en cua­drado y es, en mi opinión, una figu­ra bastante redonda que puede sim­bolizar las aspiraciones y anhelos de los verdaderos artistas. El segundo, en cambio, no acaba de estar bien planteado. Yo lo formularía en estos términos: vista, bolsillo y mano izquierda. Un triángulo isósceles inver­tido hacia el suelo. Vendría a ser el símbolo de los artistas serviles, tre­padores y oportunistas.
MAMBO ALCOHÓLICO DE MEDIANOCHE Y CONSIGUIENTE PENITENCIA
El empeño de Ceesepe por abrir­se camino en el territorio de la pin­tura, además de las dificultades pro­pias del caso, se ha visto obstaculi­zado por un par de escollos suple­mentarios, bastante engorrosos por cierto.
El primero se deriva, creo yo, su exceso de imagen. Inconvenientes de la fama que dicen los famosos. Una personalidad tan acusada como la suya y la predilección, en sus co­mienzos, por las escenas escabrosas, los personajes amorales y los argu­mentos violentos, le convirtieron en presa fácil de encasillar, en el estereo­tipo de artista canalla, nocherniego, vicioso y borrachín que aún sigue ron­dándole como una mala sombra. En París de Noche, relato autobiográ­fico recogido en el volumen El di­fícil Arte de la Mentira (1986), Ceesepe descri­be con mucho hu­mor ese curioso proceso por el que algunas personas se sienten obliga­das a hacer honor a su fama, —a su mala fama en este caso— y se pasan las noches dando tumbos de barra en barra {lasta ponerse el hígado a punto de sandía.
Ceesepe ha vivido varias tempo­radas en París, ciudad por la que siente una profunda fascinación y en la que le gustaría «jugarse la última carta». Nunca hubiera imaginado, sin embargo, que en 1983 iba a reci­birle con una nutrida y bien publicitada batería de tópicos, a cual más sonrojante: «Le rot de la nuit ma­drilene», «le peintre sublime du sordide», «le peintre du l\’absinthe, des personnes dégénérées, des ruelles sordides, des putes bizarres, de l\’architecture dingue, des gens chleureux….» ¿No fue Baudelaire, a fín de cuentas, quien dijo que el genio se demostraba en la capacidad para crear nuevos tópicos? En cualquier caso un ar­tista nunca pierde el tiempo en Pa­rís. De aquella estancia, por ejemplo, además del brumoso recuerdo de una borrachera continua y un pene­trante redoble de música africana en los tímpanos, Ceesepe volvió a Ma­drid con una colección de dibujos que luego se publicaron en forma de álbum —París-Madrid (1985)—, uno de sus primeros lienzos impor­tantes — Café de París—, una reno­vada devoción por los grandes maes­tros de su parnaso particular: Tolouse-Lautrec. Modigliani, Chagall… y en el capítulo de las adquisiciones una sólida amistad con un joven pintor mallorquín, Miquel Barceló, que por aquel entonces ya empezaba a sabo­rear las mieles del éxito internacio­nal. En su casa mallorquina Ceesepe ha pasado varias temporadas estiva­les y siempre ha encontrado utilísi­mos consejos para orientarse en el proceloso mar de la pintura.
En 1984 Ceesepe rué distinguido con el premio Rock-Ola de Artes Plásticas. jAhí es nada! Debía ser el único pintor cuyo careto le era fami­liar a porteros y camareros. Gozaba, de hecho, del mismo trato deferente que las embrionarias estrellas de la música pop. Pero lo que hace algu­nos años resultaba gracioso y podía juzgarse con cierta indulgencia, a estas alturas ya no tiene la más míni­ma gracia. Parece increíble que aún sea raro el día en que no suena el te­léfono en su casa para solicitar su asistencia a algún fregado o pedirle una entrevista en calidad de pintor de la movida. A veces le produce verdadera crispación. «¡Me tenéis hasta los mismísimos!», le gritaba la otra tarde a una meritoria recién salida de la Facu de Ciencias de la Información.
No sé cuanto duró el Mambo Al­cohólico de Medianoche —aquel de «tres amigos, la ciudad, luna, botellas, puros, agujas y un co­che»—, pero por mucho que se alar­gara, incluida la resaca, la peniten­cia consiguiente está resultando de­masiado larga. Roza ya la crueldad mental.
CARGAS DE PROFUNDIDAD Y CARGAS DE SUPERFICIE
El segundo escollo al que me refe­ría antes tiene que ver con la incomprensión generalizada de un sector de la crítica y del mundillo profesio­nal de la pintura empecinado en es­camotearle la patente de corso como pintor por el simple hecho de ha­ber ejercido anteriormente como di­bujante de éxito. Ceesepe reconocía que a base de mezclar en su pintura a Chagall con Opisso, a Warhol con Mingote, a Leg­er con Bartolozzi, ha conseguido «enervar tanto a los pintores de galería como a los adictos a los Freak Brothers».
De hecho, cada vez que Ceesepe expone pintura siempre salta el listillo de turno ponderando sus excepcionales dotes como dibujante e insinuando que la pintura es otra cosa. Se trata de ese tipo de listo que cuando pasea por el Retiro, por poner un ejemplo, entre el Palacio de Cristal y el Palacio de Velázquez, si tropieza con una pie­dra le pide perdón, no fuera a tratarte de una escultura moderna. Seamos sinceros. Hoy por hoy la pintura nun­ca será otra cosa, aunque lo afirme una estudiosa como Victoria Com­balia que merece todos mis respetos. La pintura puede ser cualquier co­sa, aunque no siempre lo sea. Mejor o peor. Guste más o guste menos. Depende, y mucho, a quien. A quien le entre por los ojos, para quedarse en ellos, aunque sea en el lugar que otrora ocuparon las casquivanas sirenas. Pero, sobre todo, depende de quien. De quien se atreva con ella. En el caso de Ceesepe la magnitud de su atre­vimiento deja pocos resquicios a la duda. Sus cuadros se defienden por sí solos. Algunos de ellos son autén­ticas cargas de profundidad aún por explotar. Verdaderos hormigue­ros de ideas y posibilidades que aún deben ser exploradas a conciencia. Frente a ellos la mayor parte de las cargas de la critica suenan a patale­ta de salón entre malaje y corporati­va. Un crítico fuera de cacho mal arreglo tiene. En cambio, un pintor de raza como Ceesepe siempre tendrá la oportunidad de cargar las suertes. Más que el derecho a pintar de los ilustradores lo que está en cuestión es la perspicacia y la sensi­bilidad de algunos ilustrados.